Homilía en la celebración final del tiempo de renovación espiritual de la Asamblea Diocesana. Alba de Tormes, 20 de junio de 2015

 

 

Lecturas del sábado de la Semana XI de tiempo ordinario:

2 Cor 12, 1-10; Salmo 33; Mt 6, 24-34. Lecc. IV, pp. 102 y 387.

 

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Con esta celebración clausuramos el tiempo de la Asamblea, dedicado a la renovación espiritual, que hemos descrito muy expresivamente con esta frase: Es tiempo de enamorarnos de nuevo.

 

Durante este tiempo hemos procurado de forma personal y comunitaria, especialmente en las reuniones de los Grupos de Asamblea, en los llamados “Encuentros sanadores y motivadores” y en las “Actividades misioneras”, experimentar un renovado encuentro de amor con el Señor, gozar de su presencia, dejarnos mirar por él y mirarle con anhelo de identificación con su corazón de Buen Pastor, que ha dado su vida por nosotros.

 

En esta celebración queremos expresar jubilosamente nuestra acción de gracias porque el Señor ha llenado nuestra vida de la alegría de la salvación y nos ha capacitado para anunciarla sin temor y con confianza en Él. El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva nos mueve a amarlo cada vez más y a sentir la necesidad de hablar de Él, de darlo a conocer a todos con alegría. Con esta gozosa confianza en su amor salvador nos sentimos alentados a continuar el proceso de nuestro Asamblea diocesana en los meses siguientes, que dedicaremos a la renovación apostólica personal y a la renovación de la pastoral diocesana.

 

En esta Asamblea hemos tenido como punto de partida la firme convicción de que nuestra respuesta al plan salvador de Dios para el mundo de hoy ha de renacer en las fuentes permanentes de la Vida en Cristo; su Palabra, sus misterios, su camino pascual. Somos conscientes de que no estamos en circunstancias eclesiales y sociales propicias para llamativos deslumbramientos pastorales, sino para entrar en la hondura de las raíces del encuentro con el Señor y edificar sobre los cimientos en los que se asienta la honda vida eclesial. ¡Qué lejos está esto de la búsqueda de soluciones rápidas, cuyo imposible alcance nos entristece y desalienta! Las soluciones verdaderas y permanentes están más adentro. Están en entrar en el insondable misterio de la vida escondida con Cristo en Dios, que incluye el abrazo al mundo. Están en la configuración de la vida y la misión desde el misterio del Amor de Dios.

 

El Papa Francisco nos ha advertido que las dificultades de la evangelización están presentes en todos los momentos de la historia y vienen más de las limitaciones humanas que de las circunstancias externas. Por ello, nos exhorta a aprender de “los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época” (EvGa 263).

 

Especialmente estamos queriendo aprender de nuestra Patrona Santa Teresa de Jesús, en este año jubilar del V Centenario de su Nacimiento, a ser amigos fuertes de Dios por el Camino de Perfección, que ella vivió y enseñó. Por ello, estamos celebrando esta gozosa fiesta de familia en Alba de Tormes, en la cercanía a su cuerpo mortal y a sus hijas Carmelitas, primeras herederas de su magisterio espiritual.

Queridos hermanos: todos nosotros tenemos una larga historia de vida de oración y de búsqueda de la conformación de nuestra voluntad con la de Dios. Nuestro anhelo sincero es el seguimiento del Señor, abrazando también la cruz que Él llevó sobre sí para nuestra salvación. Pero en nuestra misión de testigos del amor salvador de Dios, reconocemos con humildad la verdad de nuestras dificultades en la oración, de nuestras imperfecciones en las virtudes cristianas y de nuestra falta de aliento apostólico.

La Palabra de Jesús hoy proclamada nos asegura que “nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Y la misma explicación de esta declaración por Jesús, deja claro que el servicio al dinero se concreta en agobio por la satisfacción de las necesidades de la vida: comida, bebida y vestido. Este agobio se convierte en una idolatría, porque es expresión de la falta de fe y de confianza en Dios, Padre providente, que conoce nuestra necesidad de todo eso y la atiende con mayor solicitud que la mostrada respecto a las aves del cielo y los lirios del campo. Además, Jesús deja claro que el agobio por asegurar la vida es inútil, porque está sólo en manos de Dios: “Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida”. En consecuencia, Jesús nos llama a superar el agobio con la búsqueda del reino de Dios y de su justicia, con la confianza en que lo demás se nos dará por añadidura.

La vida personal y la enseñanza de Santa Teresa, así como la regla de vida dada a los monasterios del Carmelo reformado, son una aplicación fiel del servicio al único Señor por amor. Este amor es fuente de alegría, de libertad y de paz interior. La Santa sigue diciéndonos hoy una palabra evangélica de aliento en nuestro camino de perfección, que comienza a edificarse sobre el cimiento de las virtudes de la caridad, del desasimiento de todos las cosas, del don de sí mismo y de la humildad, y continúa su progreso hacia las moradas más íntimas de nuestro Castillo interior en las que el Señor espera regalarnos con el mayor bien de la identificación con Él, que sin duda todos deseamos. Pero Santa Teresa nos recuerda que no basta con decir que lo queremos. Se trata de que el Señor posea del todo el alma; y para ello hay que responder con un sí decidido a la invitación que Jesús dirigió al joven rico a ser perfecto siguiéndole con total libertad, habiéndonos desprendido de todo lo que tenemos. “Porque si le volvemos las espaldas y nos vamos tristes como el mancebo del Evangelio, cuando nos dice lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué queréis que haga su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor,… no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras” (3 M 1, 7).

Con tomar el hábito de religión y dejar todas las cosas del mundo no está todo hecho. Puesto que somos más amigos de contentos que de cruz, pide la Santa al Señor que nos pruebe, para que nos conozcamos (Cf. 3 M 1, 9). Algo así como la prueba a la que fue sometido el apóstol Pablo. Este Apóstol, como Teresa, podía presumir de las visiones y revelaciones de Dios. Pero sólo presume de la participación que el Señor le ha dado en su pasión, sufriendo el dolor de la espina clavada en su carne, para que no caiga en la soberbia, y experimentando el gozo de vivir en medio de sus debilidades y de los insultos, privaciones, persecuciones y dificultades sufridas por Cristo. El Señor le ha asegurado: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Y Pablo se ha fiado y ha aprendido que en sus debilidades se manifiesta la fuerza de Cristo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Santa Teresa enseñó a sus hijas y nos enseña a nosotros a andar en verdad ante Dios reconociendo las imperfecciones de nuestra vida cristiana, manifestadas en la falta de virtud y en las consiguientes dificultades en la oración. Y pone ejemplos concretos de imperfección.

- La pobreza: Una persona que ante una pequeña falta de su hacienda anda con tanto desasosiego e inquietud como si no le quedara un pan que comer; “¿cómo ha de pedirle nuestro Señor que lo deje todo por él?” (3 M 2, 3).

- La honra: Hay personas que si las desprecian o quitan algo de honra les queda una inquietud que no se pueden valer, ni acaba de acabarse. “¡Válgame Dios! ¿No son estos los que ha tanto consideran cómo padeció el Señor y cuán bueno es padecer y aun lo desean? (3 M 2, 5).

- El sacrificio: “Las penitencias que hacen estas almas son tan concertadas como su vida; quiérenla mucho para servir a nuestro Señor con ella,… y así tienen gran discreción en hacerlas, porque no dañen la salud. No hayáis miedo que se maten, porque su razón está muy en sí; no está aun el amor para sacar de razón” (3 M 2, 7). “Esforcémonos, hermanas mías, por amor del Señor; dejemos nuestra razón y temores en sus manos” (3 M 2, 8).

- La abnegación: Nos quedaremos toda nuestra vida con mil penas y miserias. “Porque como no hemos dejado a nosotras mismas, es muy trabajoso y pesado; porque vamos muy cargadas de esta tierra de nuestra miseria” (3 M 2, 9). Teresa aclara a las hermanas: “Por estas comparaciones entenderéis si estáis bien desnudas de lo que dejasteis…y si estáis señoras de vuestras pasiones. Y creedme que no está el negocio en tener hábito de religión o no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a Dios en todo (3 M 2, 6).

- La humildad: … “que es el ungüento de nuestras heridas; porque, si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos” (3 M 2, 6). “Miremos nuestras faltas y dejemos las ajenas” (3 M 2,13

- La oración: La experiencia espiritual de Teresa está centrada en el misterio del Dios Amor. La Santa lo expresa con la imagen del Dios amigo de los hombres, que vive y trata con ellos: Un Dios muy “amigo de amigos” (CV 35, 2), que es fiel, comprensivo y tratable, especialmente en la humanidad de Cristo, que es la revelación del amor de Dios (cf. Jn 3, 16-17), y en la eucaristía, pues “debajo de aquel pan está tratable” (CV 34,9). En la oración se le muestra Jesús a Teresa como el libro vivo, en el cual puede ver todas las verdades. Del trato íntimo con el Amigo surge la idea de Teresa sobre la oración, que incluye todas las experiencias de la vida en una admirable síntesis bajo la clave del amor. Pues “no es otra cosa oración mental… sino tratar de mistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (Vida 8,5).

Este trato de amistad adquiere variadas formas y tiene diversos frutos. Además de la oración vocal, Teresa enseña la oración de recogimiento y expone los contentos que en ella adquirimos con nuestra meditación y peticiones a nuestro Señor; proceden de nuestra naturaleza con la ayuda de Dios. La oración de quietud lleva como fruto los gustos de Dios, que comienzan en Dios y nuestra naturaleza los siente y goza de ellos.

Santa Teresa explica la diferencia entre la oración de recogimiento y la oración de quietud con la imagen de dos fuentes con dos pilas que se llenan de agua de distinta manera. A un pilón viene el agua de más lejos a través de muchos conductos artificiales. Esta agua que viene de nuestras muchas diligencias en la oración de recogimiento hace ruido cuando produce provecho en el alma. El otro pilón está hecho en el mismo nacimiento del agua y se va llenando sin ningún ruido (4 M 2, 2-3). A esta “fuente viene el agua de su mismo nacimiento, que es Dios;… y produce “grandísima paz y quietud y suavidad de lo muy interior de nosotros mismos” (4 M 2, 4). Esta es la oración de quietud.

Todos quisiéramos saber cómo hemos de alcanzar esta oración de quietud y gozar de sus gustos. La Santa nos dice que se trata de gracias que sólo se han de alcanzar no buscándolas. Porque es menester amar a Dios sin interés. (4 M 2, 10). Y nos advierte que “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertaré a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar,… porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios” (4 M 1, 7). Lo decisivo es la unión del abandono de la propia voluntad en la de Dios.

Anhelar la más intensa unión de amor con el Señor debe ser el rasgo originario y propio de nuestra vida espiritual cristiana. Santa Teresa nos invita a aprender a amar escuchando el silbo de amor del Pastor, mirando al crucificado con amor y dejándonos mirar por él; y nos anima a llevar a perfección ese amor, aprendiendo a morir como el gusano de seda para renacer transformado en bella mariposa. Esta metamorfosis es un símbolo del misterio pascual. Este misterio de unión de nuestra voluntad con la de Dios en el amor, vivido en la oración personal y en la liturgia nos llevará a una renovada y gozosa pasión apostólica, a fin de ser testigos creíbles de Jesucristo en la Iglesia y en el mundo de hoy.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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