Homilía en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Iglesia de las Oblatas de Jesucristo Sacerdote. 28 de mayo de 2015

Hoy confesamos con alegría y acción de gracias que Jesucristo es el sumo y eterno sacerdote. El ha ofrecido por los pecados el sacrificio único, perfecto e irrepetible de su vida, cuya eficacia redentora perdura para siempre jamás. Sentado a la derecha del Padre intercede con sus llagas gloriosas por aquellos que a lo largo de los tiempos van siendo consagrados, mientras llega el tiempo de la consumación final, en el que todos los poderes contrarios del cielo y de la tierra le sean sometidos.

 

Nuestro sacerdote glorificado y santificador da fundamento firme a la esperanza de los fieles, porque nos hace posible acercarnos a él con espíritu humilde y purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en el agua pura del bautismo. Siguiéndole por el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros en su carne, tenemos acceso a la gloria de Dios, que es nuestra vida en Cristo, fuente de alegría plena.

 

Por nuestra parte, los presbíteros hemos recibido el mandato explícito de Jesús de hacer presente en su memoria el acto único e irrepetible de la entrega de su cuerpo por nosotros y del derramamiento de su sangre de la nueva alianza para el perdón de los pecados. De esta manera nos ha asociado, por libre elección de amor, a la perpetuación sacramental del sacrificio redentor y a la prolongación de su principal presencia real con nosotros hasta el final de los siglos.

 

En esta fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote actualizamos sobre todo la unión de toda nuestra existencia a Jesucristo Sacerdote. Hemos sido consagrados por el Espíritu Santo para hacer de nuestra vida una ofrenda de salvación asociada al sacrificio de Jesucristo en la cruz. Así hemos de continuar realizando el encargo de ser pastores del rebaño que él adquirió con su sangre.

 

La misión de ser representación sacramental de Cristo sacerdote nos obliga a los presbíteros a participar de su mismo sacrificio y a vivir realmente la entrega que en la Eucaristía celebramos.

 

En su diálogo de despedida con sus discípulos, Jesús describió su relación con ellos como un amor de amistad: “A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 15-16). Y les aclaró:”Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

 

Queda infecundo y se pierde “el que se ama a sí mismo” (Jn 12, 25). Por el contrario: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Y el evangelista Juan explica: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros” (1 Jn 3,16). El sacerdocio de Jesús es la entrega de su vida por amor de amistad hasta el extremo con el fin de que nuestro gozo sea completo (cf Jn 15,11; 16, 24; 1 Jn 1, 4).

 

Nuestra respuesta sacerdotal a la amistad de Jesús, es dar a conocer a los hombres de nuestro tiempo lo que él nos ha enseñado sobre su Padre, el amor que nos tiene y la vida que nos ha entregado y nos ofrece cada día en la Eucaristía. Entregando nuestra vida por amor y sin reservas en el ejercicio diario del ministerio, nuestro sacerdocio se convierte en mediación para que el Espíritu Santo consagre a todos los fieles como pueblo sacerdotal, que vive su existencia cristiana como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.

 

El ser cristiano y el ser sacerdote sólo se pueden entender, vivir y testimoniar desde la amistad personal, renovada cada día, con Jesucristo. A quienes buscan una respuesta a la pregunta: ¿dónde está y dónde se manifiesta Dios?, sólo podremos acompañarlos y ofrecerles un testimonio creíble si recuperamos día a día la gozosa experiencia originaria que suscitó en nosotros el encuentro con Jesús. Él nos ha mostrado su amistad, dándonos a conocer al Padre, que está presente y se hace visible en él. La amistad y comunión con Jesús es comunión con Dios, plenitud de la vida y de la alegría (cf. 1Jn 1,1-4).

 

Nuestra amistad con Jesús no brota espontáneamente de nosotros; es la respuesta y el fruto que hace brotar en nosotros el amor de quien nos amó primero y “dió su vida por nosotros” (1 Jn 3,16). Como sacerdotes de Jesucristo debemos tener los ojos puestos en él, “que inició y completa nuestra fe” (Hb 12,2) y hemos de orientar hacia Él la mirada de los que buscan. Porque en Jesucristo encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En su misterio pascual se ha iluminado la fe de los cristianos que ha sido ejemplo de vida nueva en los dos mil años de historia de la Iglesia.

 

De la misma manera ha de seguir iluminando hoy día nuestra vida cristiana y presbiteral la meditación de las palabras de Jesús en la institución de la Eucaristía, que expresan la “forma eucarística” que corresponde a nuestra vida. En sus formas distintas de ejercicio, la vida del cristiano y del sacerdote tienen sentido si en cada eucaristía experimentan con gozo su vida como una existencia salvada para salvar y la viven como una existencia consagrada a Dios y entregada a los hombres, como una imagen viva y auténtica que llama al recuerdo y al seguimiento fiel del Señor. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial son testigos capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, la que no tiene fin.

 

Nuestra forma de celebrar la Eucaristía no puede tender sólo a ser una bella representación festiva o a lograr un clima de agradable encuentro afectivo, que nos hagan sentirnos a gusto. Sin drama de cruz no hay gozo de resurrección. Sin vaciamiento interior de nuestra voluntad con dolor para asumir la de Dios no hay participación en la Eucaristía de Cristo, no hay gracia de santificación y no hay paz, ni libertad del amor, ni gozo en la vida cristiana y en el ministerio.

 

Son actualmente numerosos los motivos de sufrimiento en la vida diaria del cristiano y en el ejercicio del ministerio presbiteral. Este ministerio, en especial, adquiere, de forma creciente rasgos de pasión y cruz, y está llamado a ser martirial y pascual. Esta es la forma en que el Señor nos pide a los presbíteros participar en su misión para no caer en la tentación de la desesperanza y el desaliento, para evitar el temor al rechazo del Evangelio que anunciamos, celebramos y vivimos, para ganar cada día la libertad del amor de Cristo y hacerla realidad en el ejercicio de la caridad pastoral, de manera que sigamos mirando al mundo actual y a los hombres de nuestra cultura con los ojos de amor del Padre y de su Hijo Jesús. Esta debe ser la mirada de los llamados al ministerio pastoral para dar a conocer al Buen Pastor, que ha venido a servir y dar la vida por sus ovejas.

La tarea del pastor del pueblo fiel no es hoy fácil, es dura y nos lleva al cansancio, que es una forma de sentir la dureza del servicio y de la entrega de la propia vida por las ovejas. Pero sabemos que nuestra fatiga en el ministerio es preciosa a los ojos de Jesús, que nos llama a descansar con él: “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco” (Mc 6, 31). “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28. Cf. Homilía del Papa Francisco en la Misa crismal del año 2015).

Cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. De la forma de nuestro descanso depende la fecundidad de nuestro sacerdocio. Necesitamos aprender a descansar con el Señor, en el diálogo con él en la oración, como ovejas con nuestro Pastor, sabiendo de quién nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1,12). El Espíritu Santo ha de ser para nosotros quien nos enseña en cada momento lo que hemos de hacer y decir; y así es “descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo” y no sólo aquel que nos impulsa al trabajo. También hemos de descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que nos da el pueblo fiel de Dios. Pero nunca hemos de buscar los descansos refinados que ofrece el mundo del consumo y nos inclinan a la mundanidad espiritual.

Las tareas pastorales reclaman afecto del corazón: la ternura comprensiva, alegre y paciente con los niños y adolescentes de la catequesis, alegrarnos con los novios que se casan y con la familia que trae el niño a bautizar, acompañar a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias en su vida cristiana diaria; sufrir con el que recibe la unción en la cama del hospital, llorar con los que entierran a un ser querido; compartir la dolorosa situación de las personas en situación de pobreza. Estas emociones fuertes fatigan el corazón del Pastor. Pero entonces siente la alegría de la entrega de la vida sacerdotal y su desgaste en el servicio al pueblo fiel de Dios, que expresa en las palabras de la Eucaristía: “Tomad y comed, tomad y bebed”.

Este es “el cansancio de la gente y de las multitudes” que acudían sin cesar a Jesús. Era agotador para el Señor, no le dejaba tiempo ni para comer; y también lo es para nosotros. Pero es cansancio bueno, lleno de frutos y de alegría. Esta fatiga en nuestra actividad es una gracia que está al alcance de todos los sacerdotes, a no ser que nos escondamos en el despacho o nos aislemos en nuestros espacios de vida privada. ¡Qué bueno es que la gente quiera y necesite sus pastores! Esa es nuestra alegría.

Bien distinto es el que podemos llamar “cansancio de los enemigos”, que no soportan la Palabra de Dios y trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. El cansancio de hacerles frente es arduo y fatigoso, pues no se trata solo de hacer el bien sino también de defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal. Para ello necesitamos pedir la gracia y no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor puede defender. La palabra consoladora del Señor para estas situaciones de cansancio es: “No temáis, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Y esta palabra nos da alivio y fortaleza.

El más peligroso cansancio es “el cansancio de uno mismo”. Porque los otros dos provienen de salir de nosotros mismos a cuidar a los demás; pero éste es la desilusión de uno mismo, es el cansancio que da el “querer y no querer”, el “coquetear con la mundanidad espiritual” y darse cuenta de que grandes sectores de la propia vida quedaron impregnados por esta mundanidad; y es tener la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: “Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero”(Ap 2, 3-4). Sólo el amor da descanso. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa para mal.

El amor de Jesús a sus discípulos hasta el extremo y el lavatorio de los pies expresan cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral. El lavatorio de los pies es, según el Papa Francisco, el “lavatorio del seguimiento”. El Señor purifica el seguimiento mismo, se encarga personalmente de limpiar toda mancha que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre buscando a sus ovejas perdidas. El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Así quiere que nos sintamos con derecho a estar alegres, confiados, sin temores ni culpas, y nos animemos así a llevar el Evangelio a todos los pueblos, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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