Solemnidad de San Juan de Sahagún, 2015. Notas para la Homilía

TIEMPOS PARA UNA RENOVADA CONCORDIA

 

Nuestro simpático, alegre y cercano Patrón fue y debe seguir siendo para nosotros un auténtico testigo del Evangelio y de la fuerza de transformación de las personas y de las circunstancias sociales, que fluye del encuentro con Jesucristo.

 

En efecto, San Juan de Sahagún fue un auténtico místico, que contemplaba visiblemente al Señor en el pan consagrado en la Misa, y, por ello, un auténtico testigo del amor misericordioso de Dios y del servicio y cuidado de los pobres, enfermos y aquejados de cualquier sufrimiento. Fue un hombre excepcional que tuvo su corazón inundado del amor de Dios y pasó por la vida, como Jesús, haciendo el bien, amando y sirviendo a quienes más lo necesitaban, a los más pobres por su carencia de bienes materiales y a los más debilitados por su propia miseria espiritual y moral. Lleno de los bienes de Dios, sólo Dios le bastó; Dios le hizo libre de todo interés y apego a los bienes del mundo y, por ello, libre también de todo temor a mal alguno que pudieran causarle los poderosos de este mundo o los obligados por la pobreza a asaltarle por los caminos. Por todo ello, tuvo la máxima autoridad moral y libertad para predicar el Evangelio con tanta elocuencia como capacidad de convicción y de mover al bien los corazones dominados por pasiones diversas y por los odios y banderías sociales, que habían llegado a convertir la ciudad de Salamanca en un espacio de enemistades permanentes, de venganzas y luchas callejeras, de inseguridad y de muerte. San Juan de Sahagún supo hacer aflorar de los corazones de los salmantinos enfrentados los mejores sentimientos que anidaban en ellos, al menos como rescoldos del fuego aun vivo de su fe cristiana, recubiertos de tanta ceniza de pasiones contrarias al Evangelio de Jesús. Su palabra encendida de amor y de misericordia, no menos que de lúcida y aguda denuncia de la penosa situación social, hizo posible el milagro de la concordia y la recuperación de la paz social.

 

En esta ocasión celebramos la fiesta del reconciliador de los bandos y del apóstol local de la paz social en circunstancias que para nada se asemejan a las duras contiendas de la vida salmantina de la segunda mitad del siglo XV. No obstante, es cierto que el nuevo momento que vivimos en la sociedad española y salmantina podríamos iluminarlo y vivirlo como tiempo de regeneración social y de encuentro ciudadano en una renovada concordia, si nos dejamos guiar y ayudar por la sabiduría evangélica y por la intercesión de nuestro Santo Patrón.

 

Un elemento fundamental en este tiempo de renovada concordia ha de ser la especial cercanía y ayuda a las personas y familias que han sufrido con mayor gravedad las consecuencias de la larga crisis económica, motivada por factores económicos, morales y sociales. A la vez hemos de reconocer con agradecimiento el compromiso de generosidad y solidaridad manifestado en los tiempos de la crisis por personas, familias e instituciones sociales, así como en las comunidades e instituciones de la propia Iglesia, para acompañar y ayudar a los más necesitados. Todos juntos, autoridades, responsables sociales y ciudadanos, estamos urgidos a trabajar decididamente por la superación de las desigualdades sociales y por el permanente fortalecimiento de la justicia social.

 

Los católicos en particular, en fidelidad a la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, estamos llamados a la tarea permanente de “vencer las causas estructurales de las desigualdades y de la pobreza”.

 

 

TIEMPOS DE REGENERACIÓN SOCIAL

 

“En cada nación”, y en cada uno de sus diversos ámbitos territoriales, “los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como una masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral. Pero convertirse en pueblo es todavía más y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura de encuentro en una pluriforme armonía” ( EvGa 220).

 

En el proceso de construcción de un pueblo, en paz, justicia y fraternidad, es primordial generar procesos de largo alcance que con clarividencia, trabajo y paciencia vayan construyendo y consolidando las instituciones fundamentales de la vida social y aseguren el orden social y la convivencia ciudadana que integra y no excluye, que hace posible la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con las posibilidades de cada época.

 

Por el contrario, “uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos” (EvGa 223), es decir, descuidar los procesos para tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación, con la pretensión de obtener resultados inmediatos que producen rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen el orden social que sirve a la mayor plenitud humana.

 

Un gravísimo impedimento en estos procesos de construcción social es la corrupción de la conciencia moral y la vida real de los propios ciudadanos o, más todavía, de los comportamientos de los responsables de la vida social y política. Con fuerza hay que denunciar que la corrupción es un mal moral. Los casos de corrupción representan conductas éticamente reprobables y graves pecados derivados de la codicia financiera y la avaricia personal, que alteran el normal desarrollo de la actividad económica y social, y despiertan gran preocupación social.

 

La Doctrina Social de la Iglesia enseña que la corrupción política, “compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 411).

 

Hemos de reconocer que la mayoría de nuestros políticos ejerce con dedicación y honradez sus funciones públicas. Y afirmamos que el recto ejercicio de la función pública representa una forma exquisita de caridad. Es preciso que el impulso de la caridad se manifieste eficazmente en el modo justo de gobernar.

 

Por ello, es urgente tomar las medidas adecuadas para poner fin a las prácticas lesivas de la armonía social y deformadoras del sistema político. “Es necesario que se produzca una verdadera regeneración moral a nivel personal y social y, como consecuencia, un mayor aprecio por el bien común, que sea verdadero soporte para la solidaridad con los más pobres y favorezca la auténtica cohesión social. Dicha regeneración nace de las virtudes morales y sociales, se fortalece con la fe en Dios y la visión trascendente de la existencia, y conduce a un irrenunciable compromiso social por amor al prójimo” (Conferencia Episcopal Española, Iglesia, servidora de los pobres, 11. Instrucción pastoral, 24 de abril de 2015).

 

Todos los ciudadanos tenemos el deber de elevar el nivel de exigencia moral en nuestra sociedad y no resignarnos a considerar normal lo que es inmoral. Porque la actividad económica y política tienen requerimientos éticos ineludibles, y los deberes no afectan solo a la vida privada. La caridad social nos urge a buscar propuestas alternativas al actual modo de producir, de consumir y de vivir, con el fin de instaurar una economía más humana en un mundo más fraterno.

 

TIEMPOS DE RENOVACIÓN ESPIRITUAL

 

El empobrecimiento espiritual está en el origen de las pobrezas materiales y de los graves males personales y sociales de nuestro tiempo. La indiferencia religiosa, la ligereza con que se cuestiona la existencia de Dios y el desinterés por el origen y destino trascendente del ser humano, tienen decisiva influencia en la conciencia personal y en el comportamiento moral y social del individuo. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre.

 

El empobrecimiento espiritual se da también en muchos bautizados que carecen de una suficiente formación cristiana y vivencia de la fe; esta falta de base les convierte en posibles víctimas de ideologías que les conducen fácilmente a una visión de las cosas y del mundo de espaldas a Dios, a un agnosticismo endeble. Estos hermanos están esperando de nosotros un nuevo anuncio del Evangelio.

 

La personalidad del hombre se enriquece con el reconocimiento de Dios. La fe da claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. La aceptación del amor de Dios nos mueve a amar a todo hombre; y el amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él.

 

Jesucristo nos ha dado a conocer el rostro paternal y misericordioso de Dios y el verdadero rostro humano del hombre. Por ello, ignorar a Cristo constituye una indigencia radical. A los cristianos nos ha de doler profundamente la pobreza de quienes no le conocen. Y por haber conocido a Cristo nos sentimos llamados a reconocerle y servirle en todos los pobres, en todos los pordioseros de pan y de amor, que también están necesitados de nuestra solicitud espiritual.

 

A tal propósito, cito estas palabras del Papa Francisco: “Quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (EvGa 200).

 

Que nuestro santo Patrón nos aliente en el proceso de renovación espiritual en el que nos ha introducido la Asamblea diocesana, y nos sirva también de modelo e impulso en nuestro compromiso cristiano de regeneración de la vida social y de encuentro ciudadano en una renovada concordia.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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