Iglesia, servidora de los pobres (II)

 

Continúa la síntesis de los contenidos de la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, hecha pública el día 24 de abril.

 

 

2.- FACTORES QUE EXPLICAN ESTA SITUACIÓN SOCIAL

 

2.1.- La negación de la primacía del ser humano

 

En el origen de la actual crisis económica hay una crisis previa: “La negación de la primacía del ser humano”. Esta negación es consecuencia de negar la primacía de Dios en la vida personal y social.

 

El hombre no puede ser considerado como un simple consumidor; tiene necesidades más amplias. Un orden económico establecido exclusivamente sobre las ansias desmedidas de dinero, sin consideración a las verdaderas necesidades del hombre, está aquejado de desequilibrios que las crisis recurrentes ponen de manifiesto.

 

Hoy imperan en nuestra sociedad las leyes inexorables del beneficio y de la competitividad. Como consecuencia, muchas personas se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. El crecimiento económico, favorecido por la economía de mercado, no logra siempre por sí mismo mayor inclusión social e igualdad entre todos. Es necesario implantar una economía con rostro humano, basada en la ética y en el bien común por encima de los intereses individuales y egoístas.

 

Con la cita que sigue del papa Francisco los Obispos hemos explicitado el contenido de la primacía del ser humano: “Afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio…, preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la `cultura del descarte´. Cuidar de la fragilidad, de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante y ser capaz de dotarlo de dignidad”. (Discurso al Parlamento Europeo, n. 8, 2014).

 

2.2.- La cultura de lo inmediato y de la técnica

 

La cultura predominante da primacía a lo inmediato, lo rápido, lo provisorio, lo exterior, visible y superficial. Lo real cede el lugar a la apariencia. En la cultura de lo inmediato, aquí y ahora, no hay espacio para la solidaridad con los otros, con los que se encuentran lejos o con los que vendrán más adelante. Incluso somos comprensivos, por no decir permisivos, con decisiones que no responden a criterios éticos, pero que son acordes con la lógica pragmática que parece inundar nuestro día a día. Ese pragmatismo nos invita a no asumir proyectos que conlleven renuncia, salvo que el esfuerzo invertido tenga una compensación rápida y suficiente.

 

En la “sociedad del conocimiento”, la técnica parece ser la razón última de todo lo que nos rodea. La crisis actual es vista como una crisis de crecimiento y de aplicación correcta de las reformas, como un problema de orden exclusivamente técnico. Como si la técnica fuera la solución de todos los males.

 

Por el contrario, el documento de los Obispos subraya que la medida de todas las cosas no es la técnica sino el ser humano y su dignidad. Sin un fortalecimiento de la conciencia moral de nuestros ciudadanos, el control automático del mercado siempre será insuficiente, como se viene demostrando repetidamente. En este sentido, resultan difíciles de justificar apuestas educativas que privilegian lo científico y lo técnico en detrimento de contenidos humanistas, morales y religiosos que podrían colaborar a la solución.

 

2.3.- Un modelo centrado en la economía

 

Gran parte de la pobreza que actualmente existe en nuestro pueblo tiene que ver con la crisis que estamos viviendo y con la vigente situación social. Esta crisis tiene unos rasgos globales, que se dan también fuera de nuestras fronteras, y otros que son específicos de nuestro país. Entre nosotros, las causas de la actual situación, según los expertos, son, entre otras, la explosión de la burbuja inmobiliaria, un endeudamiento excesivo, y, también, la insuficiente regulación y supervisión que han conducido a efectuar recortes generalizados en los servicios, al asumir el endeudamiento público y privado, por lo que las pérdidas se han socializado, aunque los beneficios no se compartieron. La crisis ha puesto de manifiesto que en nuestra economía se acrecienta la pobreza en época de recesión y no se recupera en la misma medida en épocas expansivas. Todos los datos oficiales muestran el aumento de la desigualdad y de la exclusión social, lo que representa una seria amenaza a largo plazo.

 

La lucha contra la pobreza y el ideal compartido de justicia social y de solidaridad, que deberían centrar nuestro proyecto como nación, se sacrifican en aras del crecimiento económico. Tanto el diagnóstico explicativo de la crisis como las propuestas de solución provenientes de la política económica se nos han presentado en un marco de funcionamiento económico inevitable, cuando, en realidad, ha sido el comportamiento irracional o inmoral de los individuos o las instituciones la causa principal de la situación económica actual. Ante este mal funcionamiento, la única solución aplicada ha sido la de las reformas y los reajustes. Es preciso revisar el modelo de una economía basada exclusivamente en el crecimiento.

 

2.4.- La idolatría de la lógica mercantil

 

La extensión ilimitada de la lógica mercantil se acaba convirtiendo en una “idolatría” que tiene consecuencias no sólo económicas, sino también éticas y culturales; en lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar a un ídolo que nosotros mismos hemos hecho. Es la dictadura de una economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La ideología que defiende la autonomía absoluta de los mercados y de la actividad financiera instaura una tiranía invisible que impone unilateralmente sus leyes y sus reglas. Cuando esto sucede, la actividad política se convierte en una tecnocracia o pura gestión y no en una empresa de principios, valores e ideas”.

 

Se dice que la economía tiene su propia lógica, que debe ser autónoma y no debe estar sujeta a injerencias de carácter moral. Esta exigencia de autonomía ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Ante estas pretensiones es necesario reaccionar recuperando la dimensión ética de la economía, y de una ética “amiga” de la persona, que está fuera de las categorías del mercado.

 

La actividad económica, por sí sola, no puede resolver todos los problemas sociales; su recta ordenación al bien común es incumbencia y responsabilidad ineludible sobre todo de la comunidad política. Separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios. La tarea de restablecer la justicia mediante la redistribución es importante para la armonía de la vida social y está especialmente indicada en momentos como los que estamos viviendo. La dignidad de cada persona humana y el bien común deberían estructurar toda política económica de verdadero desarrollo integral.

 

+Carlos, Obispo de Salamanca.

 


Esta página ha sido actualizada el  05/06/2015

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