San Juan de Ávila 2015

Lecturas: 1 Cor 4, 1-5. Lecc. V, n. 3, p. 347; Mt 9, 35-38. Lecc. V, n.1, p. 354

 

Queridos hermanos en Cristo y en su Sacerdocio. En esta celebración de la fiesta de San Juan de Ávila os saludo con especial afecto y alegría a los queridos hermanos que celebráis los cincuenta y los veinticinco años de vuestra ordenación: Manuel Díaz Nieto, Arturo Fraile Rodríguez, Eloy García Delgado, Ignacio Pinto Sánchez, Juan Robles Diosdado, Francisco Javier Simón Gómez, Constantino Cascón Bueno, José García Jaén, Román Sánchez Chamoso, Argimiro Martín Benito, Bernardo Fueyo Suárez OP, Gregorio Celada Luengo OP, Francisco Javier Herrero Hernández, Antonio Martín Olivera, Luis García Matamoro OP, José Luis Guzón Nestar SDB.

 

La fiesta del patrón de los sacerdotes y la Palabra de Dios en ella proclamada nos llaman a vivir estos cuatro aspectos de la existencia sacerdotal: 1º. Agradecemos el don del sacerdocio. 2º. Somos testigos del misterio de Dios. 3º. Y dispensadores de su misericordia. 4. Oramos y cuidamos las nuevas vocaciones.

 

1. Acción de gracias. Unidos en fraternidad sacramental y misionera, todos los presbíteros que ejercemos nuestro ministerio en la Diócesis de Salamanca, acompañados por el pueblo confiado a nuestro cuidado, elevamos hoy nuestra acción de gracias de forma especial por la fidelidad ministerial de quienes hacéis hoy memoria de la ordenación sacerdotal recibida hace cincuenta o veinticinco años. Y unidos a vosotros renovamos todos con gozosa gratitud nuestra acogida de la llamada de Dios al ministerio sacerdotal. En comunión de amor con Jesucristo suplicamos hoy que sea renovada de nuevo por el Espíritu nuestra alegría en la administración de los misterios de Dios para la salvación de todos los hombres “que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” (Hch 20, 28).

 

Todos los presbíteros nos sentimos hoy gozosamente amados por Jesús y llenos de aliento con su declaración de amistad: “Vosotros sois mis amigos… soy yo quien os he elegido” (Jn 15, 14.16). Y le damos gracias con todo el corazón porque nos ha encargado ser servidores suyos “y administradores de los misterios de Dios”, y porque nos ha dado la gracia de la fidelidad que se espera encontrar en un administrador.

 

2. Testigos del misterio de Dios.

 

En el sacramento del Orden hemos sido constituidos por el Espíritu Santo “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”, para llevar a cabo la misión de anunciar el Evangelio y bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 18-21), de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 21-23), de celebrar la Eucaristía en memoria de Él (cf. Lc 22,19; 1 Cor 11, 23-26), de apacentar sus ovejas (cf. Jn 21, 17) y de lavar los pies de los discípulos (cf. Jn 13, 14-15).

 

Ser administradores de los misterios de Dios no es ser funcionarios que distribuyen de forma ordenada a los demás bienes de diversa naturaleza que Dios les ha confiado en administración.

 

Los “misterios de Dios” son las acciones de Cristo en las que se ha revelado el amor eterno de Dios y se ha realizado su plan de salvación. Los misterios de Dios alcanzan plenitud en la vida de Cristo y tienen su núcleo esencial en su misterio pascual. Y estos misterios de la vida de Jesucristo han pasado a los sacramentos de la Iglesia. En el seno de la Iglesia, y en nombre y representación de Cristo, somos los sacerdotes dispensadores de sus misterios de salvación. Por ello, estamos llamados a ser signos elocuentes de su santidad e instrumentos vivos de su misma acción redentora en el ejercicio diario de nuestro ministerio. No somos actores de un drama ajeno a nuestra vida. Lo que administramos no queda fuera de nosotros. La misión sacerdotal nos configura con Cristo, nos identifica con Él, nos introduce en el misterio de su muerte en cruz y de su resurrección gloriosa. Por ello, nos llama a reflejar su rostro, su mirada, sus gestos de amor y misericordia, su cercanía a los pobres y su entrega sacrificial de la propia vida, con la libertad del Espíritu, en obediencia fiel al Padre por amor.

 

Los administradores de los misterios de Dios hemos de ser testigos del misterio de Dios, “no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EvGa 259). La contemplación del misterio de Dios, reconocido en el misterio pascual de Cristo como amor que nos salva, ha de llevarnos, como le llevó a san Pablo, a asumir con total decisión y sin reservas el servicio apostólico “de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor de vosotros, los gentiles” (cf. Ef 3,2).

 

De forma especial necesitamos entrar en la contemplación de la sabiduría de la Cruz de Cristo, para reconocer el misterio de la existencia humana y la forma de iluminar sus tinieblas con la luz y la gloria del Resucitado. La doble mirada a la Cruz del Señor y a la situación del hombre necesitado de salvación es fuente de fecundidad apostólica y de santificación personal cuando es el fruto de la identificación personal con Jesucristo crucificado y con el dolor de los hombres por los que ha entregado su vida. Nuestro ministerio es fructífero y gozoso cuando compartimos con esperanza pascual los sufrimientos de Cristo y cuando nos duelen los males de nuestros semejantes, derivados de su pobreza humana y material y de su empobrecimiento espiritual.

 

De esta doble identificación brota la pasión del anuncio del Evangelio y el fiel ejercicio de la tarea pastoral encomendada “no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa… convirtiéndoos en modelo del rebaño” (1 Pe 5, 2-3). Porque, en palabras del apóstol Pablo: “Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor” (1 Tes 2, 8). Esta entrega la vive el apóstol como un duro combate para que todos “alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo. En él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento…Por tanto, ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe… Porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente, y por él… habéis obtenido vuestra plenitud" (Col 2, 1-10).

 

3. Dispensadores de la misericordia de Dios

 

La escena del Evangelio de Mateo nos ha mostrado a Jesús recorriendo las ciudades y aldeas para anunciar el Evangelio del Reino de Dios y curar las enfermedades y dolencias de las gentes, lleno de compasión al verlas extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

En esta actividad misionera nos muestra Jesús el rostro de la misericordia del Padre. En toda circunstancia revela Jesús con su palabra, sus acciones y su persona la misericordia de Dios. Y así nos enseña las variadas formas de ser testigos del misterio del Dios que es Amor tierno y compasivo, es decir, nos enseña a ser dispensadores de la misericordia de Dios para los hombres tan heridos de nuestro tiempo, en las diversas situaciones de su vida religiosa.

Los cristianos practicantes, pero excesivamente rutinarios y conformistas, cuyas actitudes no responden de forma adecuada a las exigencias del testimonio del Evangelio en nuestro tiempo, necesitan ser conducidos a una intensa renovación espiritual y apostólica que haga de su vida un reflejo auténtico del amor salvador de Dios. Todos necesitamos volver al amor primero y enamorarnos de nuevo.

 

El gran número de cristianos bautizados no practicantes, más o menos alejados de la Iglesia, cada vez más afectados en su pensamiento y en su conducta por la cultura de la increencia, necesitan ser atraídos a la vida cristiana y eclesial de la que se alejaron, para que recuperen la alegría de la fe y se decidan a vivir de acuerdo con el evangelio del Señor.

 

El creciente número de conciudadanos que no han recibido el anuncio de Jesucristo, que viven al margen de la Iglesia de Dios y no han recibido el don de la fe, son un campo para la siembra de la semilla del Evangelio de la salvación, que hemos de realizar no como quien impone una obligación, sino como quien, por amor, comparte con ellos la máxima alegría.

 

En estas situaciones de vida se manifiesta en diverso grado el empobrecimiento espiritual, que está en el origen de tantas pobrezas materiales y de graves males personales y sociales de nuestro tiempo. La indiferencia religiosa, la ligereza con que se cuestiona la existencia de Dios y el desinterés por el origen y destino trascendente del ser humano, tienen decisiva influencia en la conciencia personal y en el comportamiento moral y social del individuo. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre.

 

La personalidad del hombre se enriquece con el reconocimiento de Dios. La fe da claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. La aceptación del amor de Dios nos mueve a amar a todo hombre; y el amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él.

 

Jesucristo nos ha dado a conocer el rostro paternal y misericordioso de Dios y el verdadero rostro humano del hombre. Por ello, ignorar a Cristo constituye una indigencia radical. Y a nosotros nos ha de doler profundamente la pobreza de quienes no le conocen. Y hemos de tener amorosa compasión de ellos.

 

4. Oramos y cuidamos las nuevas vocaciones

 

Hoy es más visible la verdad de la palabra de Jesús: “La mies es abundante pero los trabajadores son pocos”. Y como la vocación sacerdotal es una llamada de Dios y un fruto de su gracia en nosotros, necesitamos orar de forma intensa y permanente “al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”.

 

Además, con nuestro testimonio de vida y nuestro intenso cuidado de las vocaciones hemos de mostrar y hacer sentir a los adolescentes y jóvenes cristianos la plena alegría de ser sacado del pueblo al que uno ama para ser enviado a él como dispensador de los dones y consuelos de Jesús, el único Buen Pastor. La misión sacerdotal muestra el verdadero camino de la realización personal, a saber: la vida se alcanza y madura a medida que es entregada para dar vida a los otros. Y un cura buen pastor encuentra su máxima alegría en dar la vida por las ovejas y en ser testigo del Evangelio, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Nuestra alegría espiritual, como la de María, es una alegría en Dios, nuestro salvador, porque ha mirado nuestra humildad (cf. Lc 1, 47-48).

 

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

Esta página ha sido actualizada el  11/05/2015

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