Homilía en la Misa Crismal. Año 2015

“El Espíritu del Señor está sobre mí. Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. El Espíritu del Señor, que está sobre Jesús, está también sobre todo el Pueblo de Dios, constituido como pueblo “consagrado a Él” y enviado por Él a anunciar el Evangelio que salva.

 

La Palabra de Dios y los signos sacramentales del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de enfermos nos introducen hoy en el misterio del Pueblo de Dios, sacramento de salvación para todo el mundo, en el que todos somos una estirpe elegida para ser “Sacerdotes del Señor” y “Ministros de nuestro Dios”.

 

Todo es obra de Jesucristo, “que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y sacerdotes de Dios, su Padre” y nos ha enviado a continuar su misma misión de “anunciar el Evangelio a los pobres”… y anunciar la gracia del Señor, que es luz en toda ceguera y tiniebla, y libertad de toda opresión. La meta definitiva es la comunión plena de amor con Dios en la vida eterna, a la que nos abre camino la unción de enfermos. Y la tarea de cada día es confesar que “Jesús es el Hijo de Dios”, para que Él viva en nosotros y nosotros en Él, y así amemos como Él nos ha amado. Esto es ser discípulos misioneros de Jesús en la Iglesia y en medio del mundo.

 

Esta celebración es ocasión de un nuevo encuentro con Jesucristo para renovar la vocación bautismal a la vida cristiana y la vocación al ministerio presbiteral, recibida en el sacramento del orden sacerdotal. Y este encuentro con el Señor es fuente de alegría y de gozoso testimonio del Evangelio, tanto para los fieles laicos como para los presbíteros. Todo el Pueblo de Dios en Salamanca nos ponemos así en el camino de renovación espiritual, al que nos ha convocado la Asamblea diocesana. En el actual tiempo de la Asamblea estamos todos llamados a cuidar el encuentro con el Señor, para que Él haga renacer en nosotros el amor primero, para que nos mire una vez más con misericordia y nosotros le miremos con amor confiado; es un tiempo para enamorarnos de nuevo del Señor y para experimentar la alegría y la felicidad de creer en Él. Los fieles laicos vais a recibir en estos días de la Semana Santa pruebas conmovedoras del amor de Jesús, que os llevarán a renovar con inmenso gozo en la Vigilia Pascual las promesas de vuestro bautismo. Y los presbíteros renovamos las promesas de nuestra ordenación sacerdotal en esta celebración anticipada del día en que el Señor instituyó la Eucaristía y el sacramento del Orden. Por ello, queridos hermanos laicos, permitidme que hable ahora a los hermanos presbíteros. También al hablar y cuidar de ellos, hablamos y cuidamos de vosotros, pues a vuestra fe en Cristo y a la perfección de vuestra vida cristiana se orienta su ministerio. Por ello, os pido que oréis con amor y agradecimiento, hoy y siempre, por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales.

 

Los presbíteros acogemos hoy con gozosa gratitud nuestra elección y llamada al ministerio sacerdotal, fruto de un amor especial de Jesús. Nos reconocemos continuadores de la misión que el apóstol Pablo asignó a los presbíteros de Éfeso, cuando les dijo: “Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su propio Hijo…Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros.” (Hch 20, 28.32).

 

La Palabra y la gracia de Dios que nos construyen son la manifestación de amor de Jesús y la encomienda de su misión. Jesús nos llena de gozo y de aliento con su declaración de amistad: “Vosotros sois mis amigos… No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé” (Jn 15, 14-16).

 

El apóstol Pedro nos ha dejado un vivo testimonio de que su vocación a apacentar los corderos y las ovejas de Jesús tiene su motivación en el amor incondicional a Jesús mismo (Jn 21, 15-17). Y de manera semejante ha fundado san Pablo su vida y ministerio apostólico en el amor de Cristo que “vive en mi…, que me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2, 20). Por eso considera que su vida estaría perdida si no anunciara el Evangelio.

 

Como ellos, nosotros hemos asumido con gozo la misión de anunciar el Evangelio gracias al encuentro con el amor de Jesús que nos ha salvado, y que nos mueve a amarlo siempre más(cf. EvGa 264). Nuestro ministerio es un oficio de amor apasionado a Jesús y a su pueblo (cf. EvGa 268). Con esta actitud asumimos el programa de acción pastoral que dirigió a los presbíteros el apóstol Pedro: “pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelo del rebaño. Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria” (1 Pe 5, 1-4).

 

Los presbíteros nos sentimos hoy amados por Jesús y asumimos por amor a Él la misión, disgustos a realizarla, cuando fuere preciso, en la pobreza de medios y entre las dificultades y persecuciones con que fueron enviados los primeros setenta y dos discípulos a anunciar la llegada del reino de Dios (cf. Lc 10, 1-9): sin bolsa, ni alforjas, ni sandalias; entre las luchas y persecuciones del mundo, como ovejas en medio de lobos. En efecto, el mundo odia a los discípulos de Jesús porque no son del mundo, y los persigue como ha perseguido al maestro (Jn 15,18-20). Jesús nos lo anuncia, y nos asegura a la vez que él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33), para que encontremos la paz en él y tengamos valor. Salimos, pues, a la misión con la alegría y la esperanza que brotan de la confianza puesta en el poder del amor del Señor. Él nos envía como unos pocos obreros a trabajar en su mies, cada vez más abundante (cf. Lc 10, 1-9).

 

Poner la confianza en el Señor implica que tenemos en cuenta nuestra debilidad; sabemos bien que llevamos su tesoro en la frágil vasija de nuestro barro y le pedimos que nos de la gracia de amarle siempre más. Hacemos memoria de las exhortaciones de san Pablo a Timoteo: “Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6); y: “No descuides el don que hay en ti, que te fue dado…con la imposición de manos del presbíterio” (1 Tim 4, 14). Y nosotros tenemos experiencia de que este “reavivar” no es solo resultado de nuestro propio “cuidado”, sino fruto de la gracia de Dios que hace dar fruto sin cesar en nosotros el don primero que él mismo nos dio con la efusión sacramental del Espíritu Santo. Este Espíritu nos consagra y configura con Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia, nos hace partícipes de su amor y de su poder salvador, y nos envía a ejercer el ministerio pastoral. Por ello, al renovar las promesas de nuestra ordenación, elevamos a Dios nuestra súplica ardiente para reavive en nosotros el don que nos concedió con el sacramento del Orden.

 

Los sacerdotes estamos llamados de manera especial a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, es decir, a la santidad en el ejercicio del ministerio, porque el sacramento del Orden nos ha convertido en instrumentos vivos de Cristo Sacerdote y nos exige transparentar la perfección de Aquel a quien representamos. Por ello, nuestra vida espiritual se caracteriza por la imitación de las actitudes de Jesucristo Pastor de la Iglesia, que se concretan en su caridad pastoral. Nuestra participación en la caridad pastoral de Jesucristo es don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre al amor de Jesús, que vino a servir y a dar la vida por sus ovejas (cf. Mc 10,45; Jn 10,11).

 

“La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente” (PDV 23). Tiene su fuente en el sacramento del Orden, se alimenta y expresa en la Eucaristía, y es el principio que impulsa y unifica las actividades del sacerdote y garantiza la unidad de su vida. Solo la actitud fundamental de dar la vida por su grey garantiza la armonía y el equilibrio espiritual del sacerdote (Ibid.).

 

La sabiduría de la cruz y la espiritualidad pascual es un elemento fundamental de la caridad pastoral. En el rito de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas para el sacrificio eucarístico, se dice al sacerdote: “considera lo que realizas y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. El misterio pascual de Jesucristo es el contenido esencial de la fe de la Iglesia y de nuestro ministerio sacerdotal. Es el significado esencial del bautismo y de la eucaristía. Por ello, se exhorta al sacerdote a vivir el misterio de la cruz del Señor como rasgo de su identidad.

La amistad del sacerdote con Jesús se fortalece y se expresa en la sabiduría de la cruz como forma de ejercicio del ministerio “en representación de Cristo”, es decir, de acuerdo con el ideal de ministerio apostólico descrito en la carta a los Colosenses: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor” (Col 1, 24-25).

En el difícil momento presente y ante los desafíos del inmediato futuro es muy importante que los presbíteros, y aún todos los fieles, aprendamos a vivir la espiritualidad pascual, que el apóstol Pedro enseñaba a los primeros cristianos: “Queridos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros”. (1 Pe 4, 12-14).

 

La caridad pastoral, vivida en su esencial realidad pascual, es la garantía de la victoria de la fe que vence al mundo y salva a los presbíteros en sus posibles tentaciones de descuido de la vida espiritual, desaliento apostólico, falta de confianza en la gracia de Dios, indiferencia y distancia de la gente, encerramiento egoísta en la propia comodidad e intereses, vacío interior, tristeza e insatisfacción. Quienes tienen una auténtica espiritualidad pascual aman y no huyen de la cruz, no se desalientan ante los aparentes fracasos y la falta de frutos visibles. Saben con certeza que quien se entrega a Dios por amor y muere como el grano de trigo en el surco, será fecundo (cf. Jn 12,24). Y aceptan igualmente que la fecundidad es muchas veces invisible y no puede ser contabilizada; están seguros de que su vida dará fruto, pero sin pretender saber cómo, ni donde, ni cuándo. Asumen que la entrega libre a la misión por amor al Señor y a su pueblo implica “dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente y nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento.¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!” (EvGa 280).

 

Al renovar las promesas de nuestra ordenación sacerdotal nos ponemos ante el Señor con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple. Le pedimos que nos mire con amor, que nos caliente con su gracia el corazón frío y llene de ardor nuestra vida tibia y superficial, que vuelva a cautivarnos y enamorarnos. Deseamos gozar la dulzura de estar ante Él, en la cruz y en el sagrario, y simplemente ser ante sus ojos. Anhelamos seguir sintiendo “¡cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!”. Suplicamos que nos conceda un espíritu contemplativo, que nos haga capaces de pararnos con calma en las páginas de su Evangelio y leerlo con el corazón, con amor, para asombrarnos de su belleza y dejarnos cautivar por el afán de comunicarlo a los demás. Porque no hay nada mejor que podamos transmitirles y que responda más a sus necesidades más profundas.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

Esta página ha sido actualizada el  15/04/2015

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