Homilía en el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús Alba de Tormes, 28 de marzo de 2015

Lecturas:

Oseas 2, 16b.17b.21-22. Lecc. V, p. 382, n. 2. Con el salmo 44, que viene a continuación.

Segunda Corintios 10, 17-11,2. Lecc. V, p. 418, n. 4.

Mateo 5, 13-19. Lecc. V, p. 375, n. 1.

 

 

Celebramos el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús en el inicio del tiempo de nuestra Asamblea diocesana dedicado al discernimiento de las formas de alcanzar, en el encuentro con Jesucristo, la necesaria renovación espiritual de todos los miembros de la Iglesia diocesana: presbíteros, consagrados a Dios, y laicos seglares. En el encuentro con Jesucristo hemos de “enamorarnos de nuevo” y experimentar la alegría de la fe, que nos mueva al testimonio del Evangelio y a la renovación pastoral y organizativa en orden a la misión.

 

Es el mismo Señor quien hoy, por el profeta Oseas, nos ha hablado al corazón y suscita nuestra respuesta para unirse con la Iglesia en Salamanca en la fidelidad de un matrimonio perpetuo, para casarse con nosotros en misericordia, compasión y justicia. Y el apóstol Pablo nos ha presentado la vida cristiana como un desposorio con Cristo, único Esposo de la Iglesia, llamada a ser para Él una virgen intacta. Viviendo así en Cristo, luz y vida del mundo, nosotros estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. Y quienes ven nuestras buenas obras darán gloria al Padre que está en el cielo. Ese ha de ser nuestro gozoso testimonio del Evangelio.

 

Esta es la meta del camino de renovación espiritual al que nos llama ahora el Señor a través de la Asamblea diocesana. Y, además de su Palabra, nos ofrece como guía las orientaciones del Papa Francisco, en la exhortación sobre “La Alegría del Evangelio”, y el testimonio de vida y la enseñanza espiritual de Santa Teresa de Jesús, patrona de nuestra Diócesis. Con tan buenos guías exteriores, intérpretes autorizados de su Palabra, el Maestro interior nos transformará más fácilmente en discípulos misioneros, configurados como sal de la tierra y luz del mundo por el Espíritu Santo.

 

El Papa nos ha recordado que la primera motivación para el anuncio del Evangelio es el encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva y nos mueve a amarlo siempre más. El testimonio del Evangelio nace de su contemplación con amor en la oración. Y nos ha advertido que las dificultades de la evangelización están presentes en todos los momentos de la historia y vienen más de las limitaciones humanas que de las circunstancias externas. Por ello, nos exhorta a aprender de “los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época” (EvGa 263).

 

Santa Teresa valoró los acontecimientos de su época como “tiempos recios” (V 33,5) y enseñó a vivir las dificultades de esos tiempos siendo “amigos fuertes de Dios” (V 15,5). A sus monjas les advertía que no echaran la culpa de sus dificultades espirituales a las circunstancias: “No lo echen a los tiempos, que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve siempre es tiempo” (F 4,5).

 

La biografía espiritual de Santa Teresa muestra que su misión de reforma de la Orden del Carmen fue el fruto de un proceso de crecimiento en la unión de amistad con Dios, alimentado y experimentado en la oración. Y su experiencia mística y su acción apostólica estuvieron siempre en total armonía.

 

Amiga fuerte de Dios

 

La oración fue la dedicación vital de la Santa. Recorrió personalmente un itinerario que la llevó desde el grado más elemental hasta las cotas más altas de la mística. Tuvo que esforzarse mucho para mantenerse en fidelidad a la oración; durante casi veinte años luchó por mantenerse fiel, sin conseguirlo siempre.

 

Esta crisis de crecimiento en la vida consagrada a la oración comenzó a ser superada de forma definitiva en la Cuaresma del año 1554, a la edad de 39 años, cuando el encuentro ocasional de una imagen “de Cristo muy llagado” (V 9,1) produjo su definitiva conversión: “Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas”. (V 9, 1). “Creo cierto que me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces” (V 9, 3). “¿Quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y desee? (V 26,6).

 

A esta fuerte experiencia vino a sumarse la gracia espiritual alcanzada con la lectura de las Confesiones de San Agustín. “Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí…Cuando llegué a su conversión y leía cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón; estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas y entre mí misma con gran aflicción y fatigas” (V 9,8). “Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con Él, y… me volvía a amar a Su Majestad;… mas no entendía en qué está el amar de veras a Dios, como la había de entender”. (V 9,9). “En especial después de estas dos veces de tan gran compunción… y fatiga de mi corazón, comencé más a darme a oración y… fueron creciendo las mercedes espirituales”. (V 9,9)

 

La propia historia espiritual fue consolidando la experiencia que Teresa tiene de la oración mental como “tratar de amistad… a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5). En consecuencia, enseña a las monjas que “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertaré a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar,… porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios” (4 M 1, 7).

 

Es significativa la preferencia de Teresa por el misterio del Dios Amor, que revela especialmente san Juan (1 Jn 4, 8.16). Teresa lo expresa con la imagen del Dios Amigo de los hombres, que vive y trata con ellos: Un Dios muy “amigo de amigos” (CV 35, 2), que es fiel, comprensivo y tratable, especialmente en la humanidad de Cristo, que es la revelación del amor de Dios (cf. Jn 3, 16-17), y en la eucaristía, pues “debajo de aquel pan está tratable” (CV 34, 9). “¿Quién nos quita de estar con Él después de resucitado?, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde ya está glorificado. Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros” (V 22,6).

 

La misión de Teresa en tiempos recios

 

La oración de la Santa es apostólica; no la encierra en sí misma, sino que suscita en ella la propia misión y la sostiene en las dificultades de su realización. Es significativo que Teresa decidió la fundación de un monasterio reformado en el mismo año de 1560, en el que recibió la gracia de la transverberación. La fundación del Monasterio de San José será el primer fruto de su corazón inflamado en el amor de Dios.

 

Santa Teresa vive su relación con la Iglesia con pasión y con amor. En su trato con religiosos, sacerdotes y obispos, con sus confesores y asesores ella percibió y aspiró a la santidad de la Iglesia, en sintonía con los santos de su tiempo. Pero, a la vez, experimentó las sombras en la vida del clero y en el pueblo cristiano. Ante la ruptura de la unidad de la Iglesia por el fenómeno protestante y las dificultades que lleva consigo la reforma promovida por el Concilio de Trento, Santa Teresa responde con una mayor fidelidad al Señor y a la Iglesia. Y para ello emprende la reforma del Carmelo. Es bien consciente de las dificultades; pero está segura de tener la ayuda del Señor, que le ha dicho: “Espera un poco, hija, y verás grandes cosas” (F 1,8).

 

La vocación misionera de Teresa se concretó en su deseo de multiplicar, por medio de nuevas fundaciones, el modelo de vida reformada de San José de Ávila, tanto femenina como masculina. En su visita al Convento de San José, el P. General de la Orden, Juan Bautista Rubeo, “alegróse de ver la manera de vivir… y… dióme muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios”(F 2,3). Explica la Santa que el P. General “deseaba fundase tantas (casas) como cabellos tengo en la cabeza” (F 27, 19). Además, le autorizó la fundación de dos monasterios de frailes de la misma Regla primitiva.

 

Es de gran enseñanza espiritual la reflexión que nos ofrece la Santa sobre las dificultades para levar a cabo las fundaciones autorizadas por el General y sobre su confianza en el Señor para superarlas. “Pues estando yo ya consolada con las licencias, creció más mi cuidado, por no haber fraile en la provincia... para ponerlo por obra, ni seglar que quisiese hacer tal comienzo. Yo no hacía sino suplicar a Nuestro Señor, que siquiera una persona despertase. Tampoco tenía casa ni cómo la tener. Vela [a]quí una pobre monja descalza, sin ayuda de ninguna parte, sino del Señor, cargada de patentes y buenos deseos, y sin ninguna posibilidad para ponerlo por obra. El ánimo no desfallecía ni la esperanza, que, pues el Señor había dado lo uno, daría lo otro. Ya todo me parecía muy posible, y así lo comencé a poner por obra.” (F 2, 6).

 

“¡Oh grandeza de Dios! …¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no hacer grandes obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y pusilanimidad! Como nunca nos determinamos, sino llenos de mil temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis Vos vuestras maravillas y grandezas.” (F 2, 7)

 

“Andar alegres sirviendo”

 

Nosotros, como los hombres de nuestro tiempo, necesitamos luces y amores que nos orienten, consuelen y animen; anhelamos de forma más o menos consciente el encuentro con el Amor absoluto que nos cure las heridas y temores. En palabras del Papa Francisco, “nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” (EvGa 265). Este Amor es Jesucristo, que nos llama a renovar la experiencia “de gustar su amistad y su mensaje” (EvGa 266).

 

“Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y acuda nuestra vida superficial. Puestos ante Él… dejando que Él nos contemple, reconocemos” su “mirada de amor” y confesamos: “¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva” (EvGa 264).

 

La Madre Teresa “era… enemiga de santidades tristes”. Y exigía a sus monjas “andar alegres sirviendo” (C 18,5), recordándoles que la santidad verdadera es alegría, y que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. V 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. C 26,4).

 

Ambos maestros de espíritu, Teresa y Francisco, nos dicen hoy a todos nosotros:”¡No dejen de andar alegres!” (C 28,4).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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