Homilía en la Celebración de Inicio de la Asamblea Diocesana. Iglesia de la Purísima. Día 21 de febrero de 2015

El Señor nos ha convocado a esta celebración de inicio de la Asamblea Diocesana para que, reunidos en su nombre y puestos en su presencia, nos dejemos mirar por Él con amor, escuchemos su silbo amoroso de Buen Pastor, que nos llega a través de su Palabra, y le respondamos cada uno con nuestra mirada personal de amor. En este renovado encuentro de amor, el Señor Jesús quiere llenar toda nuestra vida de la alegría de la salvación y nos llama a anunciarla sin temor y con confianza en Él. El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva nos mueve a amarlo cada vez más y a sentir la necesidad de hablar de Él, de darlo a conocer a todos con alegría.

 

Estas claves espirituales acentuadas por el Papa Francisco son un reflejo actual de la tradición bíblica. Y están bien expresadas ya en el texto leído de Isaías. “No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego, no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador… Porque te aprecio y eres valioso y yo te quiero…”

 

Israel se reconoce redimido por Dios, llamado por su nombre y elegido para ser pueblo de Dios, propiedad de Dios. Y todo ello, por puro amor gratuito de Dios: “porque te aprecio y eres valioso y yo te quiero”. El profeta confiesa en nombre del pueblo de Israel, que Dios lo protege por amor, lo salva de los peligros y no cesa de reunirlo desde oriente y occidente, porque sus hijos han sido hechos y formados por Él para su gloria, y llevan su Nombre entre las naciones.

 

Esta confesión de fe del profeta es luminosa exhortación para nosotros al comenzar la Asamblea en un clima de desierto espiritual y pastoral. En esta situación de debilidad interna y de grandes dificultades exteriores necesitamos fortalecer nuestra confianza en el Señor con verdadera humildad, que evita caer en la tentación de soñar con prodigios que nos exceden, y, a la vez, no se deja vencer por el conformismo, el desaliento y la tristeza. Ponemos nuestra Asamblea en las manos de Dios, que es más sabio y fuerte que nosotros y confiamos que la meta que buscamos sea más bien un don de su gracia, que una realización a la medida de nuestras fuerzas. Pedimos al Señor que nos enseñe a crecer y dar fruto en el desierto y a descubrir el valor de lo esencial.

 

El mismo profeta Isaías expresa de forma muy bella la relación de amor entre Dios y su pueblo en el “canto a la viña”: “Voy a cantar a mi amigo, el canto de mi amado por su viña” (Is 5,1). El cantor es el profeta, el amigo y el amado es el Señor, la viña es Israel.

 

Y el libro el Cantar de los Cantares expresó en la forma del amor entre el amado y la amada, interpretado en forma alegórica, la relación entre Dios y su pueblo Israel. En la era cristiana, el amado y la amada han sido sustituidos por Cristo y por la Iglesia, o bien por Cristo, el Esposo, y por el alma. Así, la relación entre Dios y el hombre como relación de amor está también en el centro de la más clásica y hermosa literatura espiritual.

 

San Juan de la Cruz canta incluso la amabilidad de “La noche oscura”, que ha guiado al alma en el camino hacia la unión de amor con el Esposo, para quedar en el Amado transformada:

 

¡Oh noche que guiaste!

¡Oh noche amable más que la alborada!

¡Oh noche que juntaste

Amado con amada,

Amada en el Amado transformada!

 

Con esta celebración iniciamos un tiempo de la Asamblea, dedicado a la renovación espiritual, que hemos descrito muy expresivamente con esta frase: Es tiempo de enamorarnos de nuevo. Así pues, el Señor nos ha convocado esta noche para acoger y cantar su amor, que nos hace ver reflejado también en el envío final de los discípulos a la misión.

 

Jesús resucitado envía a sus discípulos con el pleno poder que se le ha dado en el cielo y en la tierra. Es el poder que recibió “Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo… Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre; de modo que… toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 5-11).

 

El discípulo “al que Jesús amaba” (Jn 13,23; 19,26), nos ayuda especialmente en sus escritos a entrar en el misterio del Dios Amor manifestado en la cruz de Jesús: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor… en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios… En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Jn 4, 9.10. 14.15.13). Todo el proceso de la fe en Jesús, conducido por el Espíritu, termina en la comunión de amor con Dios, que permanece en nosotros y nosotros en él.

 

La misión de los discípulos tiene su origen en el amor del Padre y en el amor del Hijo, hasta el extremo de dar la vida por nosotros (Jn 13,1). Y se realiza como continuación de la misma misión de Jesús con el poder del Espíritu Santo (Jn 20, 21-22).

 

Esta misión tiene como contenido, que ofrece e invita a recibir, la gracia de la participación en la misma vida de Dios, que es Amor. Por ello, el envío se dirige a “hacer discípulos”, no sólo enseñándoles a guardar la enseñanza recibida de Jesús, sino también “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, es decir, haciéndoles posible morir con Cristo para vivir con Él en Dios (cf. Ro 6, 8.10) y llegar a ser “partícipes de la naturaleza divina” (2Pe 1,4). Permanecer en la unidad y en el amor del Padre y del Hijo, por la acción del Espíritu Santo, es la fuente de la misión de los discípulos y, a la vez, la señal por la que todos conocerán su autenticidad.

 

En esta Asamblea, nuestra respuesta a Dios ha de sustentarse en las fuentes permanentes de la Vida en Cristo; su Palabra, sus misterios, su camino pascual. No es hora de aparentes deslumbramientos pastorales, sino de entrar en la hondura de las raíces del encuentro con el Señor y los cimientos en los que se asienta la honda vida eclesial. ¡Qué lejos está esto de la búsqueda de soluciones rápidas, cuyo imposible alcance nos entristece y desalienta! Las soluciones verdaderas y permanentes están más adentro. Están en entrar en el insondable misterio de la vida escondida con Cristo en Dios, que incluye el abrazo al mundo. Están en la configuración de la vida y la misión desde el misterio del Amor de Dios.

 

Vamos a terminar esta celebración con la adoración de la Cruz, en la cual Jesús nos mostró su amor hasta el extremo. Con la mirada puesta en el Crucificado, vamos a tener cada uno un diálogo secreto y personal de amor con Él. Cada uno lo haremos con las palabras que nos salgan del corazón.

 

A todos os incluyo en esta confesión de amor:

 

Jesús, Señor y amigo,

rostro de Dios de amor iluminado,

hazme ser tu testigo,

de Espíritu inflamado

y en presencia de Dios transfigurado. (cf. EvGa 259)

 

De tu costado herido,

manantial del que fluye sangre y agua,

el cuerpo renacido

se alimenta sin tregua

y así el amor a Ti nunca se mengua. (cf. EvGa 280)

 

Ya puedo contemplar

lleno de amor tu rostro tan llagado

y no ceso de hablar

a quien esté a mi lado

de tu amor, ¡oh Jesús!, que me ha salvado. (cf. EvGa 264)

 

Desde la cruz proclamas

la espera de la Vida victoriosa

y a compartir me llamas

en unión amorosa

el cambio del gusano en mariposa. (cf. EvGa 264)

 

Mi alma enamorada

halla su gozo en quien su Amado ama,

y vive entusiasmada,

feliz en quien la llama

a dar la gracia que el amor reclama. (cf. EvGa 264 y 266)

 

Señor, cuánto me amas

y cómo me estremezco al contemplarlo.

Bien siento que me llamas

y fuerzas a anunciarlo.

Es fuego tu amor y no sé apagarlo. (cf. EvGa 279)

 

¡Oh Jesús! Tú eres llama

encendida en mi pecho como un fuego

que me abrasa y me inflama

y me hace exclamar luego:

¡Ya sólo busco y amo lo que Él ama! (cf. EvGa 267)

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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