Inmaculada 2014

María es la mujer que espera a Dios. Y es el modelo ideal para la Iglesia que en el Adviento espera la salvación de Dios.

 

El himno inicial de la carta a los Efesios nos ha presentado, en forma de oración de bendición, el designio salvador de Dios Padre por medio de Jesucristo para todos los hombres creados a su imagen y semejanza (cfr. Gn 1, 26). Dejamos resonar de nuevo el texto en los oídos para meditarlo y guardarlo en el corazón:

 

“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos… En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados.” (Ef 1, 1-7).

 

En este plan de salvación tiene un lugar especial la “mujer” destinada a ser la Madre del Redentor. Esta mujer es insinuada proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado, según el libro del Génesis (cf. 3,15). Y ella misma es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel, según las palabras de Isaías (cf. 7,14).

 

Por su parte, el profeta Natán había transmitido a David la promesa de Dios de asegurarle una dinastía real: “Al que salga de tus entrañas le firmaré su reino… Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mi, tu trono durará para siempre” (2 Sm 7, 12. 16). A David se le promete un hijo del que Dios mismo será padre; un hijo que será para siempre rey del pueblo de Israel. Aquí está el origen de la esperanza mesiánica de Israel, que ha alimentado a generaciones de creyentes y que ahora llega a su cumplimiento; muchos han aguardado esta venida del Mesías, pero especialmente el Israel espiritual, ese pequeño resto de pobres y humildes que confían sólo en el Señor y no cesan de invocar cada día la venida del Reino. Y es entre estos donde aparece el Mesías (cf. Lc 1, 5-2, 38) gracias a una mujer de Nazaret, María, la mujer creyente y humilde que espera a Dios, a la que el ángel anuncia el cumplimiento de la promesa. De este modo, el Antiguo Testamento ha preparado la plenitud del tiempo, en el que Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos la adopción filial (Cf. Gal 4, 4-6).

 

María, la llena de gracia.

 

El pasaje evangélico de hoy nos presenta la concepción virginal del Mesías: el comienzo de la vida humana del Hijo eterno de Dios en el seno de María, que preludia su próximo nacimiento en carne humana.

 

El anuncio del ángel en Nazaret introduce a María en la realización del misterio de Cristo en la historia de Israel. Gabriel dice a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”(Lc 1,28). María “se conturbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel” (Lc 1,29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión “llena de gracia”.

 

En el lenguaje de la Biblia, “gracia” significa un don especial y libre de Dios mismo, que es amor (cf. 1 Jn 4,8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la Carta a los Efesios, que expresa la voluntad de salvar al hombre haciéndole participar en Cristo de la naturaleza divina (cf. 2 P 1,4). El fruto de esta gracia de la elección del hombre es la santidad de los elegidos.

 

Cuando el ángel llama a María “llena de gracia”, da a entender que ha recibido una bendición singular entre todas las “bendiciones espirituales en Cristo”. En el misterio de Cristo, María estaba presente ya antes de la creación del mundo como aquella que el Padre ha elegido para ser Madre de su Hijo. Y María es amada eternamente por el Padre en su Hijo Amado. Por la aceptación del anuncio, María ha sido confiada por Dios para siempre a la gracia del Espíritu Santo. Así, en las diversas etapas del plan salvador de Dios, María ha estado unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional,

 

El himno de la carta a los Efesios ha proclamado que en Cristo, “por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados” (Ef 1,7). Esta gracia de la redención se ha realizado en María de un modo eminente. En virtud de los méritos del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original. De esta manera, desde el primer instante de su existencia, es de Cristo; participa de la gracia santificante y del amor de Dios.

 

Esta significación especial de María en el plan de Dios viene confirmada por el saludo que le dirige su pariente Isabel, poco después de recibir el anuncio del ángel Gabriel. “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (cf. Lc 1,42). Con este saludo se expresa que María es especialmente bendita en comparación con las restantes mujeres y que la razón de esta singular bendición es su condición de madre del Hijo bendito de Dios.

 

María, la Madre de Jesucristo Salvador

 

El mensajero divino continúa diciéndole: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” (Lc 1,30-32).

 

En este mensaje está muy definido el misterio y la misión del Mesías: Es hijo de María e Hijo de Dios; su misión está significada en el nombre Jesús, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21); es descendiente y heredero del reino de David.

 

María no muestra extrañeza ante este mensaje, ni pide explicación de su contenido, que era expresión de la fe y la esperanza de Israel. La mujer llena de gracia, que espera al enviado de Dios, sabe reconocer que el ángel le propone ser la madre del Mesías. De hecho, María sólo pregunta por la forma en que esa misión va a realizarse: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” (Lc 1, 34). Y recibe de Gabriel la explicación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35).

 

María, la esclava del Señor

 

María acoge con humilde confianza la misión que el ángel le propone y da su libre consentimiento con estas palabras: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”(Lc 1, 38). Este “hágase en mí” de María ha decidido, desde el punto de vista humano, la realización del plan salvador de Dios. María se confió a Dios y “se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo” (LG 56).

 

María ha sido llamada por el ángel de forma implícita madre del Mesías rey; pero ella ha respondido confesando ser para el Señor únicamente su esclava, dispuesta a hacer siempre en su vida la voluntad de Dios. Y esta voluntad de Dios lleva consigo la renuncia a la propia voluntad, ya manifestada en su desposorio con José por amor, como preparación de una futura convivencia matrimonial según la ley de Dios. Pero la aceptación del plan de Dios representa un nuevo desposorio con el Espíritu Santo, que la consagra en plenitud y la reserva al servicio exclusivo al Hijo de Dios. María y José van a ser separados por el Espíritu Santo, que los consagra con su gracia para vivir un matrimonio virginal.

 

Feliz la que ha creído

 

Gabriel ha anunciado a María que también su pariente Isabel ha concebido un hijo en su ancianidad, como prueba de que para Dios nada hay imposible. Movida por este anuncio, María orienta con presteza sus pasos hacia “una ciudad de Judá” (Lc 1,39), situada entre las montañas, en donde viven Zacarías e Isabel.

 

“En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?... Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 431-45).

 

El saludo de Isabel y el saludo de Gabriel revelan la verdad sobre María, que ha llegado a tener un lugar tan singular en el misterio de Cristo precisamente porque “ha creído”. La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel, indica cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a este don. María concibió a su Hijo en su mente y en su corazón por la fe antes de concebirlo en el seno.

 

María nos acompaña

 

Los discípulos de Jesús respiramos en este Adviento el mismo aire de una atmósfera social que muestra una profunda incapacidad de esperar en nada que trascienda los propios proyectos. María nos mantiene en la certeza de que la espera del Señor es la única fundamental y decisiva.

 

María ofreció espacio en su seno al hijo que sólo Dios podía dar. Y a nosotros nos alienta con su palabra, ejemplo e intercesión maternal a dejar espacio a la acción de Dios en nuestras vidas, haciendo realidad su lema: Hágase en mí según tu palabra.

 

María manifestó la plenitud de la gracia que llevaba en su seno con el servicio a Isabel. Ante las necesidades de los hermanos nos sigue recordando que hagamos lo que Jesús nos dice (Cf. Jn 2,5): “Tuve hambre y me disteis de comer…fui forastero y me hospedasteis, estuve… enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 35-36).

 

María nos dio a su Hijo Jesús, el Evangelio vivo, para salvarnos de los pecados y hacernos hijos adoptivos de Dios (Cf. Gal 4, 4-6). Y acompañó a los primeros discípulos en la súplica de la venida del Espíritu Santo para la misión. Ahora convoca en torno a ella a la Iglesia de Salamanca, que celebra su Asamblea diocesana; e invoca con nosotros la venida del Espíritu Santo, cuya fuerza necesitamos para ser testigos auténticos de Jesucristo resucitado. (Cf. Hch 1, 8).

 

María ha hecho presente en el mundo para siempre al “Emmanuel”, el Dios con nosotros (cf. Is 7, 14; Mt 1, 22-23): “nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor” (Ro 1, 3-4). Y este Hijo victorioso de la Virgen ha revestido la desnudez de Eva y de sus descendientes pecadores con el vestido de gloria de la mujer nueva, llena de gracia en su Concepción, María Inmaculada y Purísima: “una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1).

 

Hoy suplicamos a la Virgen Inmaculada que nos alcance de su Hijo la gracia de participar con ella de la plenitud de la gracia y de la santidad, de la felicidad de la fe y de la alegría de acoger el amor salvador de Dios y proclamar su misericordia a los humildes y hambrientos de generación en generación (Cf. Lc 1, 46- 55).

 

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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