Domingo I de Adviento, 2014. Preparación de la Asamblea Diocesana

El Adviento es el tiempo de preparación a la Navidad, memoria actual de la primera “venida” del Hijo de Dios, y es también una invitación a vivir en la espera “de la asegunda venida” de Cristo al final de los tiempos. Nuestra vida cristiana adquiere sentido a partir de estos dos tiempos de gracia y salvación: La encarnación de Cristo nos hace participar de su vida divina, y la Parusía lleva la obra de Cristo a su total cumplimiento. Por ello, el cristiano vigila y espera siempre la venida del Señor; y el Adviento es tiempo de fe vigilante, de anhelo de salvación y de esperanza activa y alegre. En consecuencia es también tiempo de conversión, para preparar los corazones a la acogida del Señor que viene, y tiempo de misión, para anunciar la venida incesante del Reino de Dios. Es tiempo de conversión misionera.

Con estas actitudes estamos llamados a vivir este Adviento de 2014 en el clima de fe vigilante y de alegría espiritual al que nos invita nuestra Asamblea misionera diocesana. Como bien sabéis, la hemos convocado con la esperanza de favorecer un renovado encuentro con Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que nos llene de alegría. Creemos firmemente que Él viene siempre de nuevo a nosotros y le rogamos que en esta nueva época nos acompañe con su luz y su gracia para renovar nuestra Iglesia diocesana en su vida espiritual, en su actividad pastoral y en su organización y formas de presencia institucional en medio de la sociedad. Reconocemos que sin Él no podemos hacer nada, no somos nada.

La lectura del profeta Isaías nos ha mostrado al pueblo de Israel en una situación desesperada. A la esclavitud se añade la opresión del pecado, que degrada al hombre, le lleva al fracaso, lo hace impuro, repugnante, sin peso, sin consistencia; que, sobre todo, lo aleja dé Dios, su sostén y su gloria, le oculta su rostro, le niega su intimidad. Desde esta situación angustiosa el pueblo invoca al Señor: que rasgue los cielos y baje a salvarle; él, el único que puede librarlo cuando ya es inútil el recurso a cualquier salvador humano; él, el redentor; e1 que ya salvó al pueblo de opresiones semejantes, que, por la alianza se ha hecho padre del pueblo; el alfarero que ha modelado la arcilla de cada naturaleza humana como obra de sus manos.

El cristiano, aunque salvado ya, espera aún la salvación definitiva. Hace suya la invocación de Israel: Ojalá rasgases los cielos y bajases. Aparta nuestras culpas y seremos salvos. Vuelve a mostrarnos tu amor. Mira que somos tu pueblo. Nosotros hemos hecho hoy la misma súplica con las palabras del Salmo responsorial: Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Ante una catástrofe nacional los israelitas recurren a Dios, que en tiempo de sus padres “sacó a Israel como una vid de Egipto”; y claman, ¡que Dios quiera de nuevo ocuparse de la viña de su predilección!

Es esta, también, la súplica cristiana al empezar el tiempo de Adviento: Estamos a veces tan perdidos en nuestros intereses mundanos que damos la impresión de que ya no esperamos nada, y podemos ser la causa de que mucha gente no invoque el nombre de Dios ni se esfuerce por aferrarse a él. Por ello, necesitamos suplicar con fervor ¡que las visitas de Dios se repitan nuevamente y el Señor venga a salvarnos!

En la segunda lectura hemos escuchado el saludo inicial de la carta primera de san Pablo a los cristianos de Corinto. El apóstol describe la comunidad de Corinto en la perspectiva espiritual del adviento; es decir, en referencia a la primera venida de Cristo, que ha derramado en ella su gracia en abundancia, y en la espera confiada de su segunda venida en gloria. En Cristo han sido enriquecidos en todo: en las palabras, en el conocimiento y en el fruto que ha producido en ellos el testimonio de Pablo sobre Cristo. No carecen de ningún don de Dios. Así enriquecidos, pueden aguardar con confianza la manifestación gloriosa de Jesucristo. Él los mantiene firmes hasta el final, para que sean hallados irreprensibles en el día del Señor. El Dios que los llamó a la comunión con su Hijo Jesucristo es fiel y los mantiene en la fidelidad a sus dones. Todo es obra de la gracia de Dios en Cristo Jesús.

La exhortación a la vigilancia aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento. La vigilancia es una característica de la vivencia de la esperanza cristiana. En el texto evangélico de hoy se expresa uno de los motivos de la vigilancia: No sabemos el día ni la hora en que volverá el Señor. Esta vuelta del Señor hay que entenderla de su actuación continua en la Iglesia, de su venida al encuentro de cada hombre a la hora de su muerte y de la vuelta final al término de la existencia del mundo.

Permanecer en vela a la espera de la llegada del Señor no significa estar paralizados u ocupados sólo en adivinar la fecha de la venida, escrutando con inquietud posibles señales del fin del mundo. La vigilancia de los criados se ha descrito como una tarea encargada por el Señor (Mc 13, 34); por eso consiste en trabajar con serenidad y sosiego, en aprovechar bien el tiempo para hacer fructificar los talentos recibidos; y en salir al mundo entero a anunciar el Evangelio, siguiendo el mandato del Señor. Por eso, la exhortación a la vigilancia es permanente y se dirige a todos: a los Apóstoles, en primer lugar, y a todos los discípulos en general.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a permanecer vigilantes en medio de una sociedad en gran parte sumergida en el sueño de la despreocupación por la venida del Señor. En la breve parábola, podemos ver representada la misión de la Iglesia en el portero de la casa, llamado por Jesús especialmente a vigilar mientras los demás criados hacen su tarea. La vigilancia de los discípulos brota de la fe, que nos abre los ojos de par en par, y de la gracia del Espíritu Santo que derrama el amor de Dios en nuestros corazones y siembra en ellos la esperanza que nunca se verá defraudada. Los escépticos pueden menospreciar nuestra vigilancia como algo propio de gente soñadora, cuya atención está puesta en inciertos acontecimientos futuros. Pero el texto de Marcos da a entender que esos menospreciados “soñadores” somos los que realmente tenemos los ojos abiertos, mientras que los supuestos “realistas”, que piensan que el mundo seguirá indefinidamente su curso acostumbrado, están sencillamente adormecidos.

Los discípulos respiramos el mismo aire de una atmósfera social que parece mostrar una profunda incapacidad de esperar. Pero sabemos con certeza que la espera del Señor es la única importante y decisiva, porque, igual que la comunidad de Corinto, hemos sido enriquecidos en toda gracia en Cristo Jesús. Y esperamos que el Dios fiel, que nos ha llamado a participar en la vida de su Hijo, nos mantendrá firmes hasta el día de la manifestación del Señor. Creemos firmemente su palabras sobre la venida del Hijo del Hombre (cf. Mc 13, 26-32).

El Hijo del hombre, es decir, Jesús, que vino ya en la frágil carne humana, nacido de María y muerto en la cruz, resucitado y vivo, vendrá en la gloria. Muchos de nuestros conciudadanos, ni piensan ni creen en un juicio; tampoco consideran que pueda llegar ese día en que se cumplirá la justicia y la verdad para todos aquellos que han sido oprimidos y afligidos a lo largo de la historia, para todas las víctimas y los sin voz. Sin embargo, ese día llegará. Y esto es una buena noticia, es evangelio. La venida del Señor no niega la historia, no condena a esta humanidad, sino que tiene el poder de transfigurar este mundo y redimir la historia.

Los cristianos estamos llamados a velar, porque somos “los que esperan la manifestación del Señor” (2 Tim 4, 8). Sabemos también que más allá de la muerte existe la vida eterna, es decir, la vida en Dios para siempre; tenemos la certeza de que Jesucristo, vencedor del pecado, del mal y de la muerte, nos hará sentar con él en la gran fiesta del banquete del Reino de los cielos, que el Padre ha preparado para nosotros desde antes de la creación del mundo.

Nuestra gozosa esperanza en el Señor, alimentada en la contemplación de su Palabra y en la comunión eucarística, nos capacita para el acercamiento cordial y lúcido a la realidad cultural y espiritual de nuestra gente, con amor y misericordia, con humildad y sencillez, con realismo y esperanza. El amor al Señor y a la gente son imprescindibles para ser capaces de presentarles el Evangelio de Jesús con un lenguaje comprensible y que dé respuesta a los sentimientos y preocupaciones que abrigan en su corazón. Sin intimidad con el Señor y cercanía cordial al pueblo no puede surgir el diálogo evangelizador.

Hemos de creer con firmeza en la fuerza el Evangelio para superar la “apostasía silenciosa” que se ha instalado en nuestra sociedad, abandonando las referencias a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia y a las consecuencias morales y prácticas de la fe cristiana como carentes de fundamento racional o científico, o considerándolas como meras “opciones subjetivas”, que no pueden reclamar valor universal, ni pueden influir en la vida pública y colectiva.

El clima cultural de consolidación de la increencia como forma mayoritaria de vida hace más difícil la fe de los cristianos y favorece la creciente mundanización de la vida personal y social. En este contexto, la práctica de la vida cristiana es abandonada por muchos sin crisis ni remordimientos de ninguna clase. En consecuencia, el aspecto central de nuestro trabajo pastoral está hoy en ayudar a la gente a recuperar la memoria de Dios, el reconocimiento de su existencia y de su providencia salvadora como algo primordial para el bien y la autenticidad de la vida humana. Sin esta recuperación de la experiencia religiosa personal, todas las demás posibles propuestas y recomendaciones se quedan sin fundamento.

La historia de la Diócesis de Salamanca es una historia de salvación conducida por el Espíritu del Señor, que la va llevando a la plenitud en la comprensión y vivencia de su verdad misteriosa y de su misión y presencia en medio del mundo. Con sus dones de gracia, Dios enriquece la vida de nuestra Iglesia diocesana y suscita en los sacerdotes y en numerosos fieles laicos verdaderas actitudes de vida evangélica y de servicio a la misión en numerosas actividades apostólicas: en el anuncio misionero, en la iniciación cristiana, en la formación y educación de los jóvenes, en la celebración de la liturgia, en el servicio de la caridad, en la vida familiar y en la acción social, en la colaboración económica y en la participación en sus órganos de consejo. En medio de las crecientes dificultades de la misión, Dios no deja de acompañar con amor paternal a sus hijos. Y su presencia operante a través de los fieles de cada comunidad de la diócesis debe ser reconocida con fe y agradecida con amor.

Nuestro Adviento y nuestra Asamblea diocesana son un tiempo de gracia y conversión y, por ello, de esperanza. A tal fin, con humildad y confianza tenemos que revisar nuestra vida cristiana y nuestras tareas apostólicas para hacerlas más fructíferas en el nuevo y difícil contexto social en el que tienen que desarrollarse. El testimonio eficaz del Evangelio nos exige hoy una vida espiritual muy auténtica y un intenso fervor, así como la mayor libertad de todas las servidumbres a los bienes e intereses mundanos, y la absoluta primacía del amor al Señor y al prójimo. Necesitamos creer de verdad en la eficacia y en la necesidad del Evangelio para el bien de nuestros hermanos. Y estamos haciendo todo lo posible para que nuestro pueblo crea en Jesucristo y viva con alegría las riquezas de los dones de Dios.

En nuestra sociedad hay realidades positivas que Dios, con su gracia y la acción del Espíritu Santo, hace crecer en los corazones de los hombres. Dios no deja nunca de actuar en el mundo para el bien de sus hijos y sana constantemente la vida de nuestra sociedad. La sensibilidad cultural actual tiene también aspectos positivos que preparan a las personas para el reconocimiento de Dios y la aceptación de la vida cristiana como un camino de verdadera salvación. La creciente valoración de la persona humana, el gusto por la libertad, la exaltación de la solidaridad, la experiencia de la unidad del género humano, la rebelión contra la injusticia y contra la intolerable pobreza de tantos millones de personas: estos valores, bien interpretados y orientados, pueden favorecer el descubrimiento del valor perenne y definitivo del evangelio de la salvación de Dios.

Por otra parte, la misma experiencia del mal que sufre el hombre cuando se aleja de Dios puede preparar una reacción de arrepentimiento y auténtica religiosidad. Tiene que llegar un día en que los que se fueron de la casa del Padre sientan la necesidad de levantarse y volver a encontrarse con el abrazo misericordioso del Dios de la salvación (Cf. Lc 15, 18). Nuestra gente está viendo cómo el abandono de Dios no trae más felicidad sino que aumenta el sufrimiento. La saturación de mundanidad despierta en muchos la necesidad de vivir otra cosa. Hay hastío, desencanto, confusos deseos de una vida mejor, más consistente, más limpia, más de acuerdo con los deseos profundos del corazón. Este sentimiento de insatisfacción y de protesta puede ser también un camino para el descubrimiento y la alegre acogida del mensaje del evangelio. La crisis ha hecho ver a muchos que la vida sin religión se deteriora sin remedio. Parece que en nuestra sociedad se despierta ya un deseo sincero de más justicia, más veracidad, más transparencia, más honradez y responsabilidad en el servicio al bien común. Hay motivos para pensar que la "regeneración democrática" de la que ahora se habla, termine despertando el deseo de una "regeneración moral" que podrá facilitar el redescubrimiento de la importancia antropológica y social de la religión, el gran valor cultural y humano de la fe cristiana, sincera y operante. Pero no percibimos todavía claros síntomas de vuelta a la valoración de la vida cristiana.

En cualquier caso, la verdadera razón y la motivación profunda de nuestra gozosa esperanza y de nuestra conversión misionera tiene que ser el amor a Dios, a Jesucristo y a nuestros hermanos. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn 13,35). Con Jesús queremos estar junto a la gente para mostrarles el camino de la verdadera humanidad, del verdadero progreso, de la salvación plena y verdadera.

Para ello, necesitamos permanecer en la vigilante espera de la venida de Jesucristo, que nos ha prometido: “Sí, vengo pronto”; y perseverar en la incesante súplica: “Amén. ¡Ven, Señor, Jesús! (Apc 22, 20).

 

 

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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HOMILÍA DOMINGO I DE ADVIENTO

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