Homilía en la Eucaristía de Apertura del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús Alba de Tormes, 15. 10. 2014

Lecturas:

Sabiduría 7, 7-10.15-16. Lecc. V, p. 365.

Salmo 88. Lecc. VIII, p. 36.

Romanos 8, 14-17. 26-27. Lecc. VIII, p. 12.

Juan 7, 37-39. Lecc. VIII, p. 60.

 

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Queridos hermanos en el Señor: Por intercesión de Santa Teresa, ruego al Señor que ponga sus palabras en mi boca y en vuestros corazones, para que esta celebración sea para todos nosotros un gozoso tiempo de diálogo íntimo de amor con aquel que sabemos que nos ama. (Cf. Vida 8,5).

 

El Señor nos ha convocado en Alba de Tormes, en la cercanía del sepulcro de Santa Teresa de Jesús, para iniciar con la celebración de la Eucaristía la gozosa acción de gracias que vamos a rendirle durante todo el Año Jubilar del V Centenario del Nacimiento de nuestra Patrona diocesana. Sed todos bienvenidos. Agradezco vuestra presencia y os saludo con afecto fraternal.

 

Sentimos y agradecemos la cercanía y unión espiritual en esta celebración de las hermanas Carmelitas Descalzas de los Monasterios de Alba de Tormes, Cabrerizos, Ledesma, Peñaranda de Bracamonte, Mancera de Abajo y Cabrera, así como de las restantes comunidades de hermanas de vida contemplativa de nuestra diócesis, que desde su clausura están aquí presentes en espíritu.

 

El Señor ha hecho grandes obras de fe y de amor en Santa Teresa de Jesús y estamos alegres. En ella nos ha dado una gran maestra de la vida espiritual que nos acompaña con su intercesión y nos guía en el camino de la perfección de nuestra vida cristiana como discípulos fieles de nuestro común Señor, hermano y salvador, Jesucristo, hijo de Dios.

 

¡Qué hermoso es contemplar esta asamblea litúrgica del Pueblo de Dios en Salamanca! ¡Cuánta alegría sentimos pastores y fieles en este inicio de nuestro Año Jubilar Teresiano y de la Vida Consagrada, que nos introduce gozosamente, de la mano de Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, en el proceso de renovación espiritual y evangelizadora que busca alcanzar nuestra anunciada Asamblea diocesana. Esta asamblea eucarística nos congrega a todos como hermanos, con Teresa de Jesús y la Virgen del Carmen, en la invocación del Espíritu Santo para un renovado Pentecostés santificador y misionero de nuestra Iglesia diocesana. Necesitamos que el Espíritu Santo sea el actor principal en esta celebración y le pedimos: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don es tus dones espléndido; luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo.

 

Con el autor humano del Libro de la Sabiduría confesamos que Dios es el origen y el mentor de la sabiduría y quien marca el camino de los sabios; en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, y toda la prudencia y el talento. La sabiduría tiene su sede en Dios: le asistió en la creación del mundo, conoce todas sus obras y sabe lo que es grato a sus ojos y lo que es recto según sus preceptos (Cf. Sab 9, 9). Hoy nos proponemos asumir de nuevo la sabiduría de Dios por luz de nuestra vida, para que entre en nuestras almas y nos haga “amigos de Dios y profetas” (Sap 7, 27). Y suplicamos a Dios que nos conceda de nuevo el espíritu de la sabiduría; que nos ilumine para darle preferencia sobre todos los bienes de este mundo: poder, riqueza, salud y belleza. “Pues Dios solo ama a quien convive con la sabiduría” (Sap 7, 28). “Cristo… es fuerza y sabiduría de Dios” (1 Co 1,24), la vida y la luz de los hombres (Cf. Jn 1, 4), que hace “ser hijos de Dios a los que creen en su nombre” (Jn 1, 12).

 

El apóstol Pablo ha proclamado: “el Espíritu de Dios habita en vosotros”, los que tenéis “el Espíritu de Cristo” y sois “de Cristo” (Cf. Ro 8, 9). “…habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: `Abba, Padre´… Ese mismo Espíritu da testimonio…de que somos hijos de Dios” (Ro 8, 15-16). La consecuencia práctica de ello es doble: Tenemos que acreditar nuestra condición de hijos de Dios dejándonos llevar por el Espíritu de Dios; y así tenemos derecho a la herencia de los hijos junto con Cristo. Esta herencia incluye sufrir con Cristo y ser glorificados con él.

 

El texto del Evangelio de Juan ha descrito la acción del Espíritu Santo en nosotros con el símbolo del agua viva, que Jesús prometió a la samaritana con estas palabras: “El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14). A los que creemos en él, nos ha recordado Jesús que sólo a él hemos de ir a apagar nuestra sed. Sólo él, con el don de su Espíritu, hace manar en nuestras entrañas torrentes de agua viva.

 

Con esta imagen del agua viva nos está hablando del Amor de Dios, del Amor que él comparte con el Padre, y que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, según la expresión de Pablo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5, 5). Y en esta experiencia del amor de Dios pone Pablo el fundamento de nuestra esperanza que nunca se verá defraudada: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”(Ro 5, 8), y nada “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Ro 8, 30). Pablo personalizó más esta convicción al afirmar: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20).

 

Teresa de Jesús se identificó con esta experiencia del apóstol y siguió con total determinación y profunda alegría la enseñanza de la Palabra de Dios hoy proclamada. Así nos mostró con su vida y escritos el camino de perfección por el que Dios conduce al hombre hasta Él y, a la vez, lo orienta hacia los hombres.

 

En un escrito dirigido al Obispo de Ávila con motivo del inicio del Centenario de Santa Teresa de Jesús, el Papa Francisco ha propuesto a todos los católicos de España cuatro caminos por los que el Señor quiere llevarnos hoy tras las huellas y de la mano de Teresa: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo vivido como gracia.

 

“Teresa de Jesús invita a sus monjas a “andar alegres sirviendo” (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque "un santo triste es un triste santo". Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo “soberana Majestad, eterna Sabiduría” (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya “a los principios” (Vida 13,1). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y “modesta” (cf. Fundaciones 12,1). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en “alegrarse que se alegren todos” (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: “¡No dejen de andar alegres!” (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!

 

La Santa transitó también el camino de la oración, que definió bellamente como un “tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama” (Vida 8,5). Cuando los tiempos son "recios", son necesarios “amigos fuertes de Dios” para sostener a los flojos (Vida 15,5). Rezar no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, “amigo verdadero” y “compañero” fiel de viaje, con quien “todo se puede sufrir”, pues siempre “ayuda, da esfuerzo y nunca falta” (Vida 22,6). Para orar “no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho” (Moradas IV,1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de miramos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4). Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia si, pero la oración es el “camino seguro” (Vida 21,5). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad. ¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada. En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del “para siempre, siempre, siempre” Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un “corazón enamorado” (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que “sólo Dios basta” (Poesía 9).

 

Este camino no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno de la Iglesia madre. Esta fue su respuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del "colegio apostólico", siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. “Para esto os juntó Él aquí, hermanas” (Camino 2,5) y tal fue la promesa: “que Cristo andaría con nosotras” (Vida 32,11). ¡Qué linda definición de la fraternidad en la Iglesia: andar juntos con Cristo como hermanos! Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que “aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas” (Camino 4,4). ¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres! ¡Nada hay más hermoso que vivir y morir como hijos de esta Iglesia madre!

 

Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel “agua viva” (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separó del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día; porque también “entre los pucheros anda el Señor” (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, “para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo” (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII,4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: “Estamos de camino” (Carta 469,7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!

 

“¡Ya es tiempo de caminar!” (Ana de San Bartolomé, Últimas acciones de la vida de santa Teresa). Estas palabras de santa Teresa de Ávila a punto de morir son la síntesis de su vida y se convierten para nosotros, especialmente para la familia carmelitana, sus paisanos abulenses y todos los españoles, en una preciosa herencia a conservar y enriquecer.

 

Con mi saludo cordial, a todos les digo: ¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús.”

 

Hasta aquí las cálidas palabras de exhortación que nos ha dirigido el Papa Francisco. Las acogemos con filial gratitud y nos unimos hoy en una más intensa oración por él, respondiendo a su humilde petición.

 

Los que queremos ser amigos fuertes de Dios en nuestros tiempos recios, pedimos hoy que el Espíritu Santo derrame en nuestros corazones el intenso fuego de amor a Jesucristo que abrasó el corazón de Teresa de Jesús.

 

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO
HOMILÍA V CENTENARIO

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