Por Juan Robles Diosdado

Ya van dos misioneros españoles contagiados por el virus del ébola y lamentablemente fallecidos sin remedio. La epidemia de ébola no es nueva en África. En los años setenta ya hubo un brote de la enfermedad, aunque no tan virulento como ahora. O quizá es que no estuvieron tan a punto los medios de comunicación social como lo están ahora. África interesa poco al mundo occidental. Sólo interesan las materias primas y la explotación de sus riquezas, que por cierto pueden ser más aprovechadas por las potencias occidentales, precisamente si los gobiernos de los pueblos africanos están más desorganizados y desestructurados.

En África predomina la pobreza y la explotación. Y a la falta de medios económicos que puedan ser explotados por los nativos, se unen las consecuencias de unos sistemas de educación totalmente insuficientes, y una salud que no puede hacer frente ni a las enfermedades más corrientes, cuánto menos a una epidemia del tipo del ébola, como lo estamos viendo ahora.

Ante la situación de contagio general en los países de Liberia, Guinea Bissau y Sierra Leona, los médicos y enfermeros han abandonado generalmente sus puestos por miedo a verse contaminados por la enfermedad, que no puede ser afrontada por la falta de medicinas efectivas y de medios económicos con que poder asistir a los enfermos con una mínima dignidad.

Los países accidentales hablan y hablan de la necesidad de tomar alguna determinación de ayuda, pero lo cierto es que no se llega a una actuación efectiva que sea visible externamente y a afrontar la enfermedad reduciéndola a los lugares ya infectados, e impidiendo su expansión más allá de dichos países.

La preocupación en el exterior ha saltado cuando la enfermedad afecta ya a personas del mundo occidental, en concreto España y los Estados Unidos. Y sólo ahora se comienza a buscar remedios médicos, del tipo vacuna preventiva o de tratamiento efectivo que remedie la enfermedad del afectado por la epidemia.

Y ante esa situación de tanta impotencia y desinterés, sobresale especialmente el ejemplo de los dos misioneros españoles de la orden de San Juan de Dios, el padre Miguel Pajares y el hermano Manuel García Viejo. Y aunque sean estos dos nombres los que se han distinguido por su notoriedad, detrás de ellos están la misma orden hospitalaria y otras órdenes religiosas, incluidas las femeninas, como vimos en la primera repatriación de la misionera guineano-española.

Y aunque sea menos conocido, lo cierto es que en Sierra Leona permanecen otros misioneros españoles, conscientes del peligro que afrontan, de las miserias y deficiencias que tienen que padecer, de la imposibilidad de atender aun en el campo espiritual a las personas, incluso cristianas, que no pueden reunirse ni siquiera para las celebraciones de las misas diarias y dominicales. Son impresionantes las cartas y comunicaciones de estos misioneros, como lo fueron las de los dos misioneros fallecidos.

Pero allí están ellos. Como están siempre en todos los lugares de mayor necesidad y pobreza, cargados de cariño y dedicación en el día a día, llevando amor y esperanza a los niños, a los mayores, a los enfermos, y a todos los que padecen cualquier necesidad, en la confianza de poder aportar los medios para crecer y desarrollarse, no sólo en los medios económicos y de supervivencia, sino también ofreciéndoles la posibilidad de desarrollarse como personas con dignidad, que requieren la atención humanitaria y también la muestra del amor cristiano que hace presente la redención ganada por Jesús de Nazaret, y siendo el reflejo vivo del amor con que Dios cuida de esas personas ofreciéndoles salvación y vida digna.

Trece mil misioneros españoles siguen repartidos por el mundo de las misiones y de los pueblos pobres. Trescientos de nuestra propia diócesis. Mostrando la mejor imagen de nuestra Iglesia, con el reconocimiento de todas las personas y las instituciones, aun seculares, junto con la institución de Cáritas que tan buenos servicios está prestando con la atención eficaz a los más desfavorecidos entre nosotros, pero también haciendo llegar, a través de Caritas internacional, su mano larga hasta los confines de los pueblos y países más alejados.

La jornada próxima del DOMUND nos ofrece la oportunidad del reconocimiento a los misioneros repartidos por todo el mundo, de acercarnos a ellos para conocer un poco más sus meritorias labores, y de ofrecer nuestra cercanía humana y nuestra colaboración económica, que apoye sus tareas tan notorias y dignas de todo reconocimiento.

Los misioneros padecen las amenazas del ébola, pero su epidemia es sobre todo una epidemia de amor, a la que no pueden resistirse, y que les lleva a esas generosas muestras de amor irresistible en beneficio de aquéllos que les esperan, les reconocen y les agradecen todo lo que están y seguirán haciendo por ellos, a pesar de los peligros y las amenazas, que con frecuencia llegan hasta el martirio, conscientes como siempre de que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Es el mejor remedio, la mejor receta: las eficacísimas cápsulas de amor, que ofrecen a todos los pueblos y personas las mejores manifestaciones de verdad y de esperanza.

 

Artículos

Esta página ha sido actualizada el  19/06/2017

Obispado de Salamanca, C/Rosario, 18, 37001, Salamanca, España, Tel: 923128900 Fax: 923128901
casadelaiglesia@diocesisdesalamanca.com
Información Legal
2008 Informática Millán