Fernando García Herrero: “El gran papa Pablo VI sigue siendo hoy un maravilloso regalo de Dios al Mundo y a su Iglesia”

En el atardecer del 6 de agosto de 1978, en la fiesta de la Transfiguración del Señor, Juan Bautista Montini, Papa Pablo VI cruzó, de la mano de su amado Jesucristo, el umbral de la casa del Padre, después de casi 81 años de vida y 15 de obispo de Roma. Llegaba fatigado, herido y a la vez sanado, pero no rendido. Su fragilidad física y su humilde discreción estuvieron sostenidas por un coraje y una gran fortaleza interior, de las que Dios se sirvió para conducir con firmeza el timón de la Iglesia en las impetuosas aguas de los primeros años del posconcilio.

“El enviado de Dios, que subió cada día al monte santo, escuchó ayer la voz de Dios: no desciendas ya más en medio de los hombres, quédate aquí conmigo, en la luz”, escribía al día siguiente un místico musulmán, sobre la muerte de Pablo VI, quien pocos días después de su elección, en un retiro espiritual, escribía: “la luz arde sobre el candelero, y se va consumiendo, así cumple su misión de alumbrar a los demás”.

Desde siempre él había comprendido, y elegido, que su vida no le pertenecía, que su existencia y su persona se consumirían día a día, al servicio de Dios en su Iglesia, y para el bien de sus hermanos, los hombres. Pero en el momento de ser elegido para el supremo servicio de su amada Iglesia, esta convicción y opción de vida, se convirtió en su propia carne y sangre.

Ahora, que va a ser oficial y solemnemente proclamado Beato por la Iglesia, recordamos que él tomó con lucidez y energía el testigo del Papa valiente y decidido que convocó el Concilio, S. Juan XXIII, llevando con firmeza y suavidad hasta su culminación, los trabajos del Vaticano II, y firmando y promulgando todos sus documentos.

Tres grandes amores, tres grandes pasiones, atraviesan y vertebran la trayectoria vital de J. Bautista Montini. Así lo resumía el Papa Francisco hace unos meses: amor por Cristo, amor por la Iglesia, amor por el Hombre.

Cristo es el tema central y trasversal de su vida y del discurso que dirigió a los padres conciliares tres meses después de elección: “Cristo, principio y fin, nuestra vida y nuestro guía, nuestra esperanza y nuestro término…”. “Tú eres necesario, Cristo. Tenemos necesidad de ti”, escribía en su primera carta pastoral en Milán. Y, en un sorprendente y estimulante escrito, su Pensamiento ante la muerte y su Testamento, escrito de su puño y letra, con trazo claro y firme, el hombre, el sacerdote, el creyente J. Bautista Montini, se enfrenta a la muerte, con serena y humilde confianza, fijos los ojos en quien fue el gran amor, centro y motor de su vida, “el vencedor de la muerte, Jesucristo, que disipa las tinieblas y hace brillar la luz”.

La Iglesia, a quien dedica su primera encíclica Ecclesian Suam, en la que manifiesta su inmenso amor hacia quien “debo todo, y que fue mía, para la que pido hoy la bendición de Dios”, escribe también en su Pensamiento ante la muerte. “Toma conciencia de lo que eres y de tu misión, y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo”, añade en el mismo escrito.

La unión y vinculación íntima y vital de la Iglesia con Cristo es una constante en sus llamadas, sus escritos, sus invitaciones. Es una meta clara y permanente en su ministerio pastoral cono sacerdote, como obispo y como papa. Porque la Iglesia es la obra de Cristo, Èl su fuente y ella su Cuerpo, sin Cristo no hay Iglesia, porque Él “es todo para nosotros”, en palabras de S. Ambrosio, su predecesor en la sede de Milán.

“Es la misma pasión de Dios la que nos empuja a encontrar al hombre, a respetarlo, a reconocerlo, a servirlo”, afirma el papa Francisco, evocando el legado espiritual de Pablo VI, añadiendo que “toda su riqueza doctrinal se dirige hacia una única dirección: servir al hombre. La Iglesia es esclava del hombre, sirve, ama y cree en el hombre. Esta es la gran inspiración del grande Pablo VI”. Llevar el evangelio de Cristo a todas las mujeres y hombres de nuestro tiempo,

Porque la Iglesia no existe para contemplarse a sí misma, sino para cumplir su misión. No es fin para sí misma. Sé tú misma y vive tu misión, tú existes para evangelizar, para reflejar y testimoniar a Jesucristo, para salir al encuentro del mundo y anunciar a todos la buena noticia, que es Jesucristo, afirmará de modos diversos en el extraordinario escrito sobre la evangelización, Evangelii Nuntiandi, que, en palabras del papa Francisco, “es, para mí, el documento pastoral más grande que se ha escrito hasta ahora”.

Junto al tríptico de sus tres grandes amores, Pablo VI nos sorprendió con otro hermoso y sugerente tríptico, fruto del primero: la alegría, el diálogo, el anuncio del evangelio. Su primera encíclica sobre la Iglesia nos abre al diálogo con todos y entre todos. Casi al final de su servicio pastoral, zarandeado por los muchos y graves problemas que soportaba sobre sus hombros y afligían su corazón, nos sorprendió con un conmovedor y revelador escrito sobre la alegría (Gaudete in Domino). Y el mismo año 1975, la gran invitación a la evangelización con su, y nuestra, Evangelii Nuntiandi, decenas de veces reeditada. Pero este segundo tríptico necesita más espacio,

Finalmente, no puedo dejar de recordar sus hermosas y conmovidas palabras ante la muerte, que nos muestran su mirada sorprendida hasta el final, y siempre agradecida para quien le dado la vida y la fe: “Ante la muerte, siento el deber de celebrar el don, la dicha, la belleza, el destino de esta fugaz existencia: Señor, te doy gracias, porque me has llamado a la vida y, porque haciéndome cristiano, me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida”.

Tengo para mí que el gran papa Pablo VI, el Papa de la civilización del amor y defensor de la vida, del diálogo de la alegría y de la paz, experto en humanidad, peregrino de Cristo, maestro y testigo de la fe, enamorado de Cristo, de la Iglesia y de la Humanidad, sigue siendo hoy un maravilloso regalo de Dios al Mundo y a su Iglesia.

Por eso, hoy nos alegramos y damos gracias a Dios, con motivo de su beatificación. Ojalá su ejemplo y su recuerdo nos alienten a la comunión eclesial y a la fidelidad en el anuncio del evangelio.

 

Fernando García Herrero, párroco de San Marcos y San Juan de Sahagún.

 

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