Homilía en la Eucaristía de Acción de Gracias por la Beatificación de Mons. Álvaro del Portillo

Lecturas: Eclo 50,24-26; Col 3, 12-17; Jn 15, 9-17.

 

La historia de la Iglesia muestra a la vez la oscuridad que provocan los pecados de muchos de sus hijos y el resplandor que difunden los discípulos que han seguido con fidelidad total a Jesucristo y reflejan su luz en la vida de la Iglesia y en medio del mundo.

 

La luz es más fuerte que la oscuridad y un solo foco de luz elimina innumerables puntos de tiniebla. La historia de la Iglesia es luminosa porque está iluminada por Jesucristo, la luz del mundo, y por la multitud de hijos de la luz, los beatos y santos, que se han dejado transfigurar en la comunión de vida con el Señor y resplandecen con intensidad diversa y en variedad de formas con la luz de Cristo. Ninguno de ellos puede reflejar la totalidad de la luz de Cristo; ninguno de ellos puede agotar la totalidad del misterio de Dios, pero cada uno ofrece una imagen auténtica de la perfección humana que realiza en su vida el Espíritu de Cristo.

 

Así, todos los santos son necesarios y complementarios. Todos en su conjunto reflejan de forma perfecta la santidad de Dios, a la que la generalidad de sus hijos estamos llamados, y son para nosotros modelos a imitar a la vez que maestros e intercesores. Todos y cada uno de los santos son un tesoro y un bien común de la Iglesia. Y cada nuevo beato y santo enriquece el misterio de la comunión de los santos y es causa de alegría y esperanza para el entero Pueblo de Dios, que camina hacia la misma meta de la santidad en medio todavía de la lucha en este mundo. Por todo ello, el nuevo Beato Álvaro del Portillo es motivo de alegría, de fortaleza y esperanza para nosotros. Por ello, estamos celebrando esta Eucaristía de acción de gracias a Dios.

 

La Palabra de Dios nos ha invitado a bendecir a Dios que hace grandes obras de amor y de misericordia en nuestra vida, enalteciéndola con su liberación de nuestros pecados y llenando nuestros corazones de alegría y nuestros días de paz.

 

El texto de la carta a los Colosenses nos ha presentado el ideal de la vida ordinaria de los miembros de una comunidad cristiana, elegidos de Dios, convocados en el único cuerpo de Cristo, perdonados, santificados y amados por él, que están llamados a hacer lo mismo que Jesús ha hecho por ellos. En consecuencia, han de revestirse de compasión entrañable, humildad, mansedumbre y paciencia; y han de sobrellevarse mutuamente y perdonarse cuando alguno tenga quejas contra otro. Todas estas son manifestaciones del amor, que es el vínculo de la unidad perfecta, y tiene como resultado la paz de Cristo.

 

Para llevar a perfección este ideal de vida es necesario que la Palabra de Cristo habite en ellos en toda su riqueza de verdad y los haga ser maestros de sabiduría unos para con otros. Y es preciso que la Palabra acogida haga surgir de sus corazones y de sus labios obras y palabras que puedan ser reconocidas como fiel expresión de una existencia vivida en nombre de Jesús, que se convierte en un canto de alabanza y de acción de gracias a Dios por medio de él.

 

El Evangelio de Juan, en los versículos que preceden al texto proclamado hoy, nos recuerda que los bautizados somos sarmientos injertados en Cristo, la vid verdadera; y que hemos de permanecer en Cristo, para que él permanezca en nosotros y dé su fruto en nuestra vida. Porque sin él no podemos hacer nada. Separados de él somos leña seca destinada al fuego. Permaneciendo en él, el Padre nos cuida y nos poda para que demos más fruto como discípulos de Jesús, y nos concede lo que necesitamos y le pedimos para darle gloria con nuestra vida. De esta manera ha sentado las bases para mostrarnos hoy el camino de la perfección de nuestra vida en el amor.

 

La iniciativa es de Jesús, que nos ha amado primero, con el mismo amor que él recibe del Padre. Si nosotros recibimos y permanecemos en ese amor de Jesús, seremos capaces de guardar sus mandamientos, que tienen como centro este mandamiento: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”; con el amor más grande, que es dar la vida por los amigos. Y para fortalecernos en esa capacidad de amar como él, nos recuerda que nos ha elegido a ser sus amigos con estas palabras entrañables: “Vosotros sois mis amigos… ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer…Soy yo quien os he elegido…para que… deis fruto, y vuestro fruto permanezca”. Nos ha dado a conocer el amor que el Padre nos tiene; y desde esta experiencia nos hace posible tener la certeza de que el Padre nos dará lo que le pidamos en su nombre. El fruto final es la alegría en plenitud, que es participación en la alegría que Jesús tiene en la comunión de amor con el Padre.

 

Queridos hermanos: La Palabra de Dios nos ha mostrado una vez más, y de una forma sencilla, el camino de la santidad en la vida diaria, que es la forma de vida que corresponde a los discípulos de Jesús en medio de este mundo, y que forma parte del carisma propio y de la espiritualidad que ha vivido de forma ejemplar el nuevo Beato.

 

A la luz de esta Palabra de Dios, el testimonio de vida y la enseñanza del beato Álvaro del Portillo, nos llaman a un nuevo aliento en el camino hacia la santidad y la perfección de la caridad, recordando la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad en la Iglesia.

 

“La Iglesia… es… santa, pues Cristo, … el único Santo, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5, 25-26), la unió a Sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad… Esta santidad de la Iglesia se manifiesta… en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa… en cada uno de los que… se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de los… llamados consejos evangélicos.” (LG 39).

 

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios… y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo… verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron… pues… todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena” (LG 40).

 

“Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo” (LG 41). Para lograr la santidad y la perfección dentro del propio estado, “estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad perfecta” (LG 42).

 

En sintonía con esta enseñanza conciliar y con su propio testimonio de vida, la predicación del Beato Álvaro del Portillo ha ido dejando a lo largo de los años una síntesis armónica de un camino de perfección cristiana, que todos los presentes podemos acoger y seguir con la ayuda de la gracia de Dios.

 

¡Jesús nos quiere santos! Llamados a saciar en Dios la sed que ninguna otra fuente puede calmar. Santos, viviendo como hijos de Dios en Cristo, identificados con él, en la comunión de vida y de misión de la Iglesia, por la acción del Espíritu Santo. Santos en la familia de los hijos de Dios, que camina en comunión con Pedro al encuentro con Jesús, con la ayuda de María.

 

El camino de la santidad es el seguimiento de Cristo, conociendo y viviendo el Evangelio, que nos introduce en la amistad íntima con Jesús, en el diálogo de amor con él, en la participación en sus mismos sentimientos y en los sufrimientos y gozos de su pasión redentora y de su resurrección gloriosa. La oración personal y el sacramento de la penitencia, precedida de un examen de conciencia que nos ayude a conocernos bien, son un medio de gracia en la lucha diaria del seguimiento fiel de Jesús. La Eucaristía ha de ser el centro y raíz de la vida del cristiano, para que Cristo sea el centro de referencia de cada uno de nuestros pensamientos y de cada una de nuestras acciones. En el sacrificio eucarístico recuperamos las fuerzas gastadas en la lucha cotidiana, y nos colmamos de deseos de santidad y de apostolado. Con estos medios de gracia, y llevados de la mano maternal de la Virgen María, podemos llegar a ser santos, a pesar de nuestras miserias y pecados.

 

Este camino de vida cristiana enardece en nosotros la caridad de Cristo, que nos urge a anunciar e instaurar el Reino de Cristo. Con la confianza puesta en Dios, todo en nuestra vida es apostolado y todo se convierte en oración. Si el amor de Cristo nos urge, con el trabajo profesional se empapan de rectitud y sentido cristiano las relaciones sociales. El amor de Cristo nos impulsa a sembrar con audacia la amistad verdadera y la alegría en medio de este mundo que, por apartarse de Cristo se irrita y se entristece. Estamos llamados a inyectar alegría y esperanza en los corazones que se mueven entre desasosiegos y temores.

 

El nuevo Beato nos presenta un ideal de vida contemplativa en medio del mundo. Siguiendo el modelo de Jesús, que con su encarnación ha santificado el mundo, estamos llamados a santificar el trabajo, trabajando bien, con perfección humana y con perfección sobrenatural, por amor. Lo que importa no es que el trabajo salga bien, sino la actitud interior de amor con que se realiza. Se trata de trabajar siempre cara a Dios, con el único afán de darle toda la gloria y de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas. Poniendo la cruz de Cristo en las entrañas del mundo, los laicos realizáis vuestra vocación de santificar las realidades temporales, completando la justicia con la caridad. El espíritu cristiano exige no limitarse a dar a cada uno lo suyo, sino que lleva además a entregarse uno mismo a los demás. Con esta misma actitud estáis llamados a la santificación de la familia, viviendo el amor conyugal como el Señor quiere, con la gracia del sacramento del matrimonio.

 

El Beato Álvaro del Portillo nos ha enseñado que ser contemplativos en medio del mundo “es ver a Dios en todas las cosas con la luz de la fe, espoleados por el amor, y con la firme esperanza de contemplarlo cara a cara en el cielo”. Hoy pedimos la intercesión del nuevo Beato para que nos alcance de Dios la gracia de hacer realidad esta luminosa enseñanza.

 

Y ponemos nuestra vida en el altar, junto a al sacrificio de Jesucristo, para que el Espíritu Santo la convierta en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Este es el mejor culto espiritual y la mejor acción de gracias a Dios que podemos ofrecer en memoria de la beatificación de D. Álvaro del Portillo.

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

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