Homilía en el retiro sacerdotal de la Semana de Pastoral 15 de septiembre de 2014

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.” (EvGa 1)

Queridos hermanos presbíteros: En este texto inicial de la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium comienza a ofrecernos el Papa Francisco un programa de vida y de ministerio pastoral caracterizados por la alegría que brota del encuentro con Jesús.

Los presbíteros somos fieles cristianos y destinatarios del Evangelio de la salvación antes que pastores y predicadores. La experiencia vivida como fieles cristianos en todas las dimensiones de nuestra existencia personal condicionan la forma de nuestra comprensión y ejercicio del ministerio pastoral. ¡Lo que hemos visto y oído, eso es lo que anunciamos!

Y como todos los fieles hemos de estar vigilantes ante los riesgos que presenta a la vida cristiana la actual cultura materialista del consumo, que puede encerrar el corazón en la avaricia y en la tristeza, en el aislamiento individualista y en la búsqueda enfermiza de placeres superficiales. Los presbíteros necesitamos especialmente cuidar que nuestra libertad interior no se limite en ninguna medida por el apego a los propios intereses; que nada nos robe el espacio del corazón que debemos tener libre para la escucha de la voz de Dios, para el gozo de su amor y para la alegría de entregar la vida por los demás.

Conscientes de la debilidad de nuestra condición humana, hemos de sentir también nosotros con humildad la necesidad de una permanente renovación espiritual en el encuentro gozoso con Jesús. Hoy le decimos también nosotros: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”. (EvGa 3). Nuestra certeza personal de ser infinitamente amados por el Señor y elegidos por Él para el testimonio de su amor es un rayo de luz y un manantial de alegría en todas las circunstancias del ejercicio del ministerio.

Nuestra alegría en el seguimiento de Jesús está llamada a mostrar a los demás la fuente de la alegría que la sociedad tecnológica y sus ofertas de placer no pueden engendrar en los corazones. De cada uno de nosotros debería poder decirse este testimonio del Papa: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo.” (EvGa 7).

 

Sólo gracias al encuentro con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados del encerramiento en nosotros mismos y llegamos a ser plenamente humanos. Solo cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos, alcanzamos nuestro ser más verdadero. “Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros? “ (EvGa 8). “Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: `El amor de Cristo nos apremia´ (2 Co 5,14); `¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio! (1 Co 9,16).´” (EvGa 9).

Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora muestra a los cristianos el verdadero camino de la realización personal y les descubre la ley profunda de la realidad humana: “que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión”. (EvGa 10). Desde esta experiencia hemos de recobrar y acrecentar el ardor y “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas… Y ojalá el mundo actual… pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Evangelii nuntindi 80; cf. EvGa 10).

Con nuestro anuncio del Evangelio ofrecemos a los creyentes, y a quienes aún no lo son, un camino hacia una nueva alegría plena en su vida iluminada por la fe en Jesús. El centro del anuncio es siempre el mismo: “el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos... Cristo es el “Evangelio eterno” (Ap 14,6), y es “el mismo ayer y hoy y para siempre” (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables… “Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. ”.(EvGa 11).

Esta tarea evangelizadora a la que nosotros por encargo del Señor nos entregamos con generosa fidelidad, no es una heroica tarea personal nuestra; la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es `el primero y el más grande evangelizador. La verdadera evangelización es “la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que `Él nos amó primero´ (1 Jn 4,19) y que `es Dios quien hace crecer´ (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo.” (EvGa 12).

Con la confianza puesta en el Señor, que nos envía, que está siempre con nosotros y da fruto a nuestra tarea con la fuerza de su Espíritu, acogemos la llamada del Papa a una nueva “salida” misionera, a una conversión pastoral y misionera que constituya a nuestra comunidad diocesana “en estado permanente de misión” (EvGa 25). A nuestra comunidad diocesana, acompañada por sus pastores, corresponde discernir cuál es el camino que el Señor le muestra para “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.” (EvGa 20). Por ello, con la confianza puesta en el Señor, estamos iniciando el camino de nuestra Asamblea diocesana, que nos introduzca en un “proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EvGa 30). Y le pedimos que la alegría del Evangelio, que llena la vida de la comunidad de los discípulos en esta tierra de Salamanca, sea una alegría misionera, como la inspirada por el Espíritu Santo en el primer Pentecostés.

Nuestra "salida" misionera tiene que hacerse para anunciar la Alegría del Evangelio a todos; desde el corazón del Evangelio, que es la misericordia, el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús (Cf. Cap. III de EvGa); y desde el compromiso social por la justicia, la escucha del clamor de los pobres, la búsqueda del bien común, la paz social y el diálogo por la paz (Cf. Cap. IV de EvGa).

El Papa Francisco ha resaltado con fuerza que la Iglesia necesita superar el peligro de centrar su mirada en sí misma, en una actitud enfermiza de auto-conservación o autodefensa. Porque el encerramiento de la Iglesia y de los agentes pastorales en sus propios procedimientos, seguridades, rutinas pastorales e intereses, conduce fácilmente a ser cautivos de cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, apolillan el dinamismo apostólico, roban la alegría evangelizadora, sumen en el pesimismo estéril y en la conciencia de derrota (cf. EvGa 81-85), y hacen surgir enfrentamientos entre los miembros y comunidades de la Iglesia (EvGa 98-99). El más triste resultado de esos peligros sería la mundanidad espiritual que, bajo apariencia de amor a la Iglesia, busca la gloria humana, la vanagloria y el bienestar personal más que la gloria de Dios y la salvación de los hombres (EvGa 93). Por el contrario, “si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la mistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EvGa 49).

Nuestra Iglesia diocesana salmantina necesita también procurar más el descentramiento de sí misma. Y debe renovar esta doble mirada: al Señor y a la misión. Nos evitaría mucha tristeza, muchos miedos, muchos enfrentamientos entre nosotros, muchas inercias e individualismos.

En consecuencia, los miembros del presbiterio diocesano hemos asumido con gozosa esperanza la tarea decisiva que nos corresponde en esta nueva etapa de evangelización. Y lo hacemos en actitud de contemplación y de súplica, para que el Señor nos conceda la gracia de ser Evangelizadores con Espíritu, abiertos sin temor a la acción del Espíritu Santo en un renovado Pentecostés. Pedimos el fuego del amor del Espíritu que nos haga salir de nosotros mismos y nos infunda la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia en todo tiempo y lugar, incluso contra corriente. Apoyados en la oración, deseamos anunciar el Evangelio con palabras y con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios (EvGa 259). De esta forma podremos vivir la evangelización no como una pesada obligación que nos contraría, sino con actitud fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena del amor y del fuego del Espíritu Santo. Sabemos que ninguna otra motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia evangelizadora (EvGa 261).

Reconocemos que el encuentro personal con el amor de Jesús, que nos salva, tiene que ser es la primera motivación para evangelizar; por ello, pedimos con insistencia al Señor que renueve en nosotros la experiencia de su amor, de ser salvados por Él, que nos mueve a amarlo siempre más. Desde esta experiencia comprenderemos más fácilmente que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas y se afianzará nuestro entusiasmo por la misión. Porque la tristeza del hombre solo se cura con el amor infinito de Dios. (Cf. EvGa 265).

Tenemos clara conciencia de la naturaleza eclesial de nuestra vida y ministerio; y pedimos al Señor la gracia de sentir cada día más el gusto espiritual de ser pueblo de Dios, de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. Suplicamos que nuestra pasión por Jesús nos lleve a un amor apasionado por su pueblo; y que nuestro gusto de ser pueblo de Dios sea un elemento determinante de nuestra identidad sacerdotal.

El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios. Un sacerdote evangelizador con Espíritu experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás; se siente bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros. Por el contrario, su vida ministerial seria un lento suicidio si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. (Cf. EvGa 272). La misión no es una parte o un mero apéndice de la existencia del sacerdote; es algo que no puede arrancar de su ser si no quiere destruirse. El sacerdote evangelizador debe reconocerse a sí mismo en esta definición: Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. (Cf. EvGa 273).

Nos entregamos a la misión con gozosa esperanza porque tenemos experiencia de la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu. Nunca nos faltará su ayuda para cumplir la misión que se nos ha encomendado (EvGa 275). El Espíritu del Resucitado es una fuerza de vida que ha penetrado en el mundo y hace surgir brotes de nueva vida donde todo estaba muerto.

Creer en Cristo Resucitado es creer que Él “nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia `en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles´ (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.” (EvGa 278).

Esta certeza se llama “sentido de misterio”; y consiste en saber que quien se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5), aunque tal fecundidad será muchas veces invisible y no podrá ser contabilizada. “Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo… A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial… es algo mucho más grande, que escapa a toda medida… El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” (EvGa 279).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

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