HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DE LA VEGA

Veneramos a la Virgen de la Vega, Patrona de nuestra ciudad, en la fiesta de la Natividad de María.

 

Con el nacimiento de María comienza a realizarse el plan trazado por Dios para dar a Israel el nuevo pastor procedente de Belén, anunciado por el profeta Miqueas. El Evangelio de Mateo, al narrar el diálogo de los Magos de Oriente con el rey Herodes, recoge la tradición religiosa de Israel, que ha visto en la profecía de Miqueas el anuncio del lugar de nacimiento del Mesías. Además, Mateo declara cumplido este anuncio en Jesús, “nacido en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes” (Mt 2, 1-6). El niño Jesús, dado a luz por María en un establo de Belén (Lc 2, 7), es el jefe Mesías que pastoreará al pueblo de Israel, cuyos orígenes son de antaño, de tiempo inmemorial; es decir, cuyo origen no es fruto de un proyecto humano conocido. Él vendrá a guiar a sus hermanos con la fuerza del Señor, con el dominio del nombre del Señor, su Dios. “Él mismo será la paz” (Miq 5, 4), que el Señor hará llegar “hasta el confín de la tierra” (Miq 5, 3).

 

El nacimiento de María y la historia concreta de su vida conducen a la salvación en su hijo “Jesús”. El hijo de María es por genealogía humana “hijo de David, hijo de Abrahán” (Mt 1,1); pero es también “Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32), “Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Jesús es a la vez criatura del Espíritu Santo y hombre dado a luz por María como su propio hijo. El nombre de Jesús expresa su verdadera identidad personal como el que “salvará a su pueblo de sus pecados”. En Jesús se ha hecho realidad la presencia de “Dios con nosotros” (Mt 1,23); Él es el único Mediador que nos lleva a la comunión de vida con Dios. Y el hombre está llamado a encontrar su plenitud en Jesús, que se ha revelado como “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

 

Dios nos ha llamado “a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos” (Ro 8, 29). “Cristo es imagen del Dios invisible” (Col 1, 15) y en él recuperamos la imagen de Dios que habíamos perdido. Reproducimos la imagen de Jesús en medio del mundo con el testimonio de su amor como fuente de todo bien.

 

En la celebración de su nacimiento, la Virgen María nos hace actual a sus hijos la Buena Noticia de la salvación. Ella está siempre presente, junto con el Espíritu Santo, en medio del pueblo de los discípulos de su Hijo. El Espíritu y la Madre son dos grandes regalos que Jesús nos dejó a sus discípulos en el momento decisivo de la cruz. Y la Madre acompaña desde el principio la oración de los discípulos que invoca el don del Espíritu para la misión.

A la Virgen de la Vega, Madre de la Iglesia evangelizadora, le pedimos hoy su intercesión para que toda la comunidad eclesial de Salamanca acoja la invitación que nos ha dirigido el Papa Francisco a una nueva etapa de evangelización marcada por la alegría del encuentro con Jesús (EvGa 1).

En su Exhortación sobre la Alegría del Evangelio, el Papa invita a toda la Iglesia, y por ello a la Iglesia Salmantina, a un descentramiento importante de sí misma para estar más centrada en Cristo y en su misión.

Primero, la Iglesia debe estar referida al Señor. Así nos la ha expresado Francisco en los bellos textos que siguen: "Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y !e dijo: `Cuando estabas debajo de la higuera, te vi´ (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, `lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos´ (1 in 1,3)". (EvGa 264). ¡Cuánto necesitamos esto! Estar vueltos al Señor. Descentrarnos de nosotros mismos, de nuestras ideologías, de nuestras certezas pastorales, de nuestros apoyos personales, para dejarnos amar del Señor, para dejarnos mirar por Él y descubrimos amados por él. Por ello, el Papa nos dicho: "Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque `nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor´” (EvGa 3).

Por otra parte, la Iglesia debe estar totalmente entregada a la misión misma del Señor y, para ello, necesita una permanente “transformación misionera”; la “conversión pastoral y misionera” que la constituya “en un estado permanente de misión” (EvGa 25). Una Iglesia en misión debe ser una Iglesia en salida, según el modelo de la misión, que es el mismo Jesús. Él salió del Padre y vino a este mundo; y pasó por nuestro mundo, entre nosotros, haciendo el bien. Y también el Misterio de Pentecostés, donde el Espíritu Santo impulsó a la iglesia naciente a anunciar el Evangelio, es una referencia permanente para la misión de la Iglesia hoy (Cf. EvGa 20-21).

“La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por él” (EvGa 264). “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús;… somos siempre discípulos misioneros” (EvGa 120). La intimidad de los discípulos con Jesús es una intimidad itinerante, en camino; y la comunión de toda la Iglesia con Cristo es esencialmente comunión misionera. “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie" (EvGa 23). Y tal es el gran anhelo del Papa, que nos ha nos hecho esta confidencia: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, … el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual… Que la pastoral ordinaria en todas sus circunstancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (EvGa 27).

Esta "salida" tiene que hacerse para anunciar la Alegría del Evangelio a todos; desde el corazón del Evangelio, que es la misericordia, el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús (Cf. Cap. III de EvGa); y desde el compromiso social por la justicia, la escucha del clamor de los pobres, la búsqueda del bien común, la paz social y el diálogo por la paz (Cf. Cap. IV de EvGa).

La Iglesia necesita este “descentramiento” para superar el peligro de centrar su mirada en sí misma, en una actitud enfermiza de auto-conservación o autodefensa. El encerramiento de la Iglesia y de los agentes pastorales en sus propios procedimientos, seguridades, rutinas pastorales e intereses, conduce fácilmente a ser cautivos de cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, apolillan el dinamismo apostólico, roban la alegría evangelizadora, sumen en el pesimismo estéril y en la conciencia de derrota (cf. EvGa 81-85), y hacen surgir enfrentamientos entre los miembros y comunidades de la Iglesia (EvGa 98-99). El más triste resultado de esos peligros sería la mundanidad espiritual que, bajo apariencia de amor a la Iglesia, busca la gloria humana, la vanagloria y el bienestar personal más que la gloria de Dios y la salvación de los hombres (EvGa 93). Por el contrario, “si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la mistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EvGa 49).

Nuestra Iglesia diocesana salmantina necesita también procurar más el descentramiento de sí misma. Y debe renovar esta doble mirada: vueltos al Señor y vueltos a la misión. Nos evitaría mucha tristeza, muchos miedos, muchos enfrentamientos entre nosotros, muchas inercias e individualismos. En orden a que nuestro impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, necesitamos acoger la exhortación que el Papa ha dirigido “a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EvGa 30).

En consecuencia, hemos estimado necesario celebrar una Asamblea diocesana que, a modo de misión compartida, abra un cauce de participación del pueblo de Dios en el proceso de renovación espiritual y misionera, al que nos ha llamado el Papa. La renovación espiritual, apostólica y organizativa serán los tres objetivos de la Asamblea, que serán tratados sucesivamente durante el año 2015, después de una fase de preparación en los meses de septiembre a diciembre del presente año. El proceso de misión llegaría a su culmen con la celebración de la Asamblea diocesana en los primeros meses de 2016, para concluir en torno a la Pascua.

En esta Asamblea misionera buscaremos crear "espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, `lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales´” (EvGa 77).

El primer paso en este camino de renovación lo daremos, si Dios quiere, en la Semana de Pastoral, que celebraremos desde el 15 al 20 de este mes. Una vez más, inauguramos el año pastoral con esta Semana, que estará centrada en la Exhortación Evangelii Gaudium, y será así un importante inicio de la etapa de preparación de nuestra Asamblea.

En esta mañana quisiera transmitir un mensaje de esperanza a toda la sociedad salmantina, representada aquí en sus autoridades, instituciones y pueblo fiel que participa en esta celebración. La Iglesia diocesana quiere renovarse a la luz del Evangelio y encontrar nuevos impulsos de vida. Y esto quiere hacerlo para servir mejor a los hombres y mujeres de esta tierra charra. Queremos ser una comunidad que vive, celebra y anuncia con alegría la fe; una comunidad capaz de transmitir el Amor de Jesús en los niños y en los jóvenes; necesitamos familias que tengan conciencia de ser Iglesia doméstica, que eduquen en la fe y en la visión cristiana de la vida y estén abiertas con gozo al gran don de los hijos. Anhelamos una Iglesia diocesana que viva una renovada espiritualidad misionera y diga un SÍ decidido a las relaciones nuevas que genera Jesucristo y un NO firme y público a la idolatría del dinero y a la economía de la exclusión de los pobres.

"Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra" (EvGa 183).

María es la Madre “que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura… Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia… ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios” (EvGa 286). A través de la advocación de Virgen de la Vega comparte la historia de los ciudadanos de Salamanca que han recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica. María nos da la caricia de su consuelo maternal y nos dice al oído: No se turbe tu corazón. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? (Cfr. EvGa 286).

 

+ Carlos López Hernández,

Obispo de Salamanca.

 

HOMILÍAS DEL OBISPO

Esta página ha sido actualizada el  26/09/2014

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